Andreotti

Ha muerto Andreotti, una hipótesis que sus enemigos nunca dieron por sentada. En las necrológicas, se destacará su carácter astuto, maniobrero, (inevitablemente) maquiavélico, siniestro…

Veamos, por ejemplo, ¿cómo se manejaba en relación al conflicto entre israelíes y palestinos? No es una asignatura sencilla en las relaciones internacionales.

Eso lo dice Simón Peres. Por otro lado…

Vaya, también era amigo de los palestinos. ¿Alguna opinión más?

Andreotti era amigo de todos, es decir, de todos los que mandaban. Un genio del ocultamiento y de los favores bien administrados. Todos le debían algo. Una lección de la diplomacia probablemente en una época que ya no se puede repetir ahora, cuando hasta los ministros de Exteriores tienen cuenta en Twitter. Ese es un error que Andreotti nunca habría cometido.

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Qué es lo que se puede y se debe hacer en Bangladesh

140.000 niños de menos de cinco años murieron en Bangladesh en 2010.  En España, unos 2.000. No hay que hacer juegos con los números para apreciar la diferencia. La vida en Bangladesh es una experiencia terrible. La clase de condena que fomenta la falta de esperanzas y convierte a los ciudadanos en esclavos, en el pasado de un imperio, hoy de un régimen autoritario.

Pues bien, no es cierto esto último. Frente la idea habitual en Occidente de un pueblo del Tercer Mundo resignado y controlado por la religión (hay a veces grados de verdad en esto último), Bangladesh sí cuenta con una tradición de lucha sindical prácticamente desde la fundación del país en 1971, y que en realidad se remonta a muchas décadas atrás.

Lo cuenta el historiador indio Vijay Prashad, que explica cómo la apuesta del país por la industria textil –una elección obvia dada la falta de recursos naturales– se vio acompañada desde el principio por la represión de los derechos sindicales. Eso no incluía sólo la prohibición de los sindicatos, sino incluso la eliminación de algunos de sus líderes o la respuesta violenta por las fuerzas  de seguridad de las protestas en la calle contra los despidos o en favor de mejores condiciones de trabajo.

El título del artículo de Prashad deja clara su posición: «Bangladeshi workers need more than boycotts». Frente a la típica posición occidental de ignorar a un país y reaccionar con un impulso de furia al conocer una desgracia ocurrida allí, el historiador propone una opción con más garantía de éxito: apoyar a aquellos que están arriesgando su vida.

El dinero está detrás de todo ese sistema de producción (vaya sorpresa, como si eso fuera una aberración excéntrica). El dinero que el Gobierno consigue vía impuestos y puestos de trabajo creados. El dinero que las grandes marcas se ahorran al producir sus prendas en Asia. Y, por último (y este es un detalle que curiosamente es más difícil de encontrar en muchos enfurecidos artículos de denuncia por los centenares de muertos de la fábrica), el dinero que el consumidor europeo y norteamericano se ahorra al comprar esa ropa.

Cabría en este punto pensar que un cambio de costumbres de los habitantes de países ricos serviría para algo. No esperemos que eso suceda. Es más fácil indignarse que ser capaz de pagar unos euros de más por ropa que se ha confeccionado en condiciones dignas.

La palabra clave es presión. Un boicot no serviría de mucho, dice Prashad. Se trata de ayudar a los trabajadores para que puedan organizar sus sindicatos frente a los obstáculos que interponen el Gobierno y las empresas de Bangladesh. Y presionar a los gobiernos occidentales para que dejen de tratar a sus grandes empresas con guante de seda y se decidan a imponer condiciones de trabajo más dignas.

La realidad es que es más factible convencer a los Gobiernos que a los consumidores. No es imposible. Al poco de conocerse la tragedia, dos altos cargos de la UE, Catherine Ashton y Karel de Gucht, dijeron que estaban estudiando cómo obligar al Gobierno asiático en función de las responsabilidades que asume gracias al acuerdo que le permite exportar a la UE sin aranceles ni cuotas.

Fueron sólo unas frases de un comunicado. Fuentes de la UE dijeron al FT que era poco probable que se llegara tan lejos como para quitarle a Bangladesh estos privilegios. Era sólo una amenaza. Sí se hizo con Birmania por tratarse de una dictadura, y en otros casos en el resto del mundo la UE ha aprobado sanciones y medidas punitivas tras violaciones de derechos humanos o guerras. Por razones políticas, los países occidentales son de gatillo fácil al castigar a sus rivales.

Pero resulta que en la concepción de los derechos humanos de los gobiernos europeos no caben los derechos económicos. Trabajar en condiciones espantosas aparentemente no vulnera los derechos humanos. Tampoco que un Gobierno acepte poner en peligro la vida de los trabajadores negándose a aplicar sus propias leyes en materia de seguridad. Detener a un opositor político conocido te pone en el punto de mira de la UE. Si es un activista sindical de un país asiático, una respuesta firme sería… ¿cómo suelen llamarlo? Contraproducente.

La presión es perfectamente posible y justificable. La meta no es irrealizable. La ONG Workers Rights Consortium tiene un plan con un coste de 600.000 dólares para cada una de las 5.000 empresas textiles de Bangladesh y que alcancen así los niveles de seguridad habituales en Occidente. Si los 3.000 millones totales se repartieran a lo largo de cinco años, supondría un coste extra de 10 centavos sobre cada prenda que sale de esas fábricas. Al final de la cadena, el sobrecoste podría llegar a 25 centavos.

A corto plazo, hay otras medidas posibles de efecto más inmediato. Las empresas extranjeras pueden firmar un acuerdo de prevención de incendios (hecho posible no por la presión de consumidores occidentales, sino por las organizaciones sindicales de Bangladesh con la ayuda de sindicatos extranjeros) controlado por inspectores independientes y que sea de obligado cumplimiento para las marcas extranjeras.

Dos compañías han aceptado firmarlo, pero dos de las más grandes (la norteamericana Wal-Mart y la española Inditex) se han negado, según WRC.

Es posible que una de las razones sea que el texto incluye la exigencia de que se pueda exigir el cumplimiento de esas condiciones en los tribunales de cada país, no sólo en Bangladesh.

Ya va siendo hora de que cambien de actitud. A todos los efectos, estas empresas operan en un mercado laboral global y sus productos están destinados a un cliente también global. Sus responsabilidades también son globales. A menos que quieran que se les compare con la Compañía Británica de las Indias Orientales y que se diga de ellas que sus beneficios proceden de la explotación más cruel de otras zonas del mundo, deben asumir que las condiciones de trabajo de sus operarios forman parte también de los costes de su modelo de negocio, y no sólo de sus beneficios.

La alternativa no es el cierre de esas fábricas, lo que equivaldría casi a una condena a muerte a miles de trabajadores, sino hacer que sean diferentes. La alternativa no debe ser trasladar el problema a otro país.

La presión puede surtir efecto, y de hecho el Gobierno de Bangladesh ha dado señales de que está dispuesto a aplicar reformas. Tiene mucho que perder porque otros países, como Camboya y Birmania, también quieren ser el próximo Bangladesh.

¿Qué ocurrirá en esos países si nos limitamos a poner a Bangladesh en una lista negra para acallar nuestra conciencia? La pregunta es incorrecta. Hay que preguntarse qué está ocurriendo.

En Camboya, en una fábrica con 2.900 trabajadores llamada E Garment, que opera para firmas occidentales, se están violando los derechos sindicales, según una investigación de WRC. Siete miembros de un sindicato independiente fueron despedidos después de ser atacados por miembros de un sindicato rival favorecido por la empresa. La denuncia fue enviada a los clientes extranjeros de E Garment. Algunos, entre ellos Inditex, ni siquiera se dignaron a contestar. H&M se limitó a responder con la versión falsa de la empresa, en la que las víctimas resultaban ser los agresores.

Es un cambio de modelo de producción lo que se necesita, no un cambio de país.

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Siria, terreno libre para Israel

La guerra de Siria es una oportunidad excelente para Israel: no tiene que pedir permiso a Washington para lanzar un ataque ni necesita de la capacidad militar norteamericana para llevarlo a cabo (a diferencia del caso de Irán). El segundo ataque a territorio sirio en unos días parece estar como el primero centrado en el suministro de armas a Hizbolá. Mientras dure la guerra, veremos más operaciones de este tipo.

La razón esgrimida es impedir la llegada de misiles a la milicia libanesa. Pero el bombardeo se ha realizado sobre un centro de producción militar, y, a menos que estuviera a punto de salir un convoy, no es probable que se trate de un cargamento concreto. Se ha aducido que se pretendía impedir la entrega a Hizbolá de misiles iraníes Fateh-10, que pueden alcanzar Tel Aviv desde el sur de Líbano. Es un tipo de misil con el que Hizbolá no cuenta. ¿Ha esperado hasta ahora Irán a enviar este tipo de armamento a sus aliados libaneses?

En cualquier caso, todo son especulaciones. La mayoría de informaciones están basadas en fuentes anónimas, el Gobierno israelí no confirma oficialmente datos concretos del objetivo y a Damasco no le conviene dar detalles.

En el comienzo de la rebelión siria, podía pensarse que una intervención israelí redundaría en beneficio de la propaganda de Asad. Ya ha corrido suficiente sangre como para que eso tenga mucha influencia.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Cómo debería haber acabado ‘Indiana Jones y la última cruzada’.

–El cine, según Steven Soderbergh.
–El guión del Napoléon de Kubrick que Spielberg podría llevar al cine.
–Juego de tronos + Friends.
–¿Cuándo perdieron los norteamericanos el acento británico?
–Cuánta comida se puede comprar con cinco dólares.
–Obey the giant. The Shepard Fairey Story.
–Los osos sin pelo tienen un aspecto terrorífico.
–Cómo sobrevive un preso judío en una cárcel de EEUU controlada por neonazis.

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El éxito de los indignados de derechas en el Reino Unido

En el Reino Unido, hay una parte de la derecha que está indignada, realmente indignada, y ahí reside la clave del éxito de los euroescépticos de UKIP en las elecciones locales. Inevitablemente, hay que pensar que el tema europeo tiene que estar detrás del avance conseguido por este partido.

La realidad es muy diferente. Por un lado, los tories son también euroescépticos. Por otro, los datos de los sondeos sobre las prioridades de sus votantes cuentan otra historia. La economía, la inmigración y la seguridad han aparecido antes que la odiada UE en algunas encuestas. En otras, se cuela la crítica al ‘welfare’, el gasto en subsidios sociales.

La Inglaterra profunda se ha rebelado contra los tories. Tres años de Gobierno de Cameron, en coalición con los liberales demócratas, les han dejado muy insatisfechos, casi sorprendentemente frustrados tras una victoria que había puesto fin a una larga estancia en la oposición. Hay una base tory permanentemente cabreada a la que el reciente fallecimiento de Thatcher les ha recordado la época en la que el partido no sólo no tenía que pactar con ninguna otra formación, sino que ni siquiera estaba obligado a escuchar a los sectores más moderados del propio partido.

Como siempre, el mito tiene más fuerza que la realidad. Y hay muchos votantes conservadores que prefieren agarrarse al mito antes que a la realidad de un político como Cameron al que no terminan de querer. Si es verdad que el 43% de los votantes de UKIP tienen más de 65 años, eso da un amplio margen para vivir engañado por la nostalgia.

El voto de protesta de las elecciones locales se repetirá probablemente en las europeas y quién sabe si entonces UKIP podría rebasar a los tories. Sería muy extraño que llegara a consolidarse en unas elecciones generales. El sistema electoral es implacable en el Reino Unido y los votantes lo saben. Abandonar en masa a Cameron equivaldría a entregar las llaves de Downing Street a Ed Miliband, incluso si los laboristas se quedaran en algún punto entre el 30% y el 35%.

En 1983, la alianza de liberales y socialdemócratas obtuvo el 25,4% de los votos, sólo 2,2 puntos menos que los laboristas. Eso le dio 23 escaños, por 209 de la izquierda.

Concentrar los escaños en una zona del país es una forma de escapar de las limitaciones del sistema mayoritario. Si el empuje de UKIP debilitara a Cameron en el sur de Inglaterra, eso sí que serían noticias terribles para los conservadores. Pero los avances conseguidos por los laboristas en el sur en estos comicios locales parecen ser muy escasos, lo que explica que el partido de Miliband no haya salido de esta cita con las urnas con la estampa del ganador, a pesar de ser el más votado.

Ahora los tories tendrán la tentación de girar a la derecha para contrarrestar la nueva amenaza. Es un error típico en política, el mismo en el que insistieron los conservadores en la época de Blair (pensar que perdían porque no eran lo bastante de derechas) o los laboristas en los años de Thatcher (lo mismo pero hacia la izquierda). En los últimos meses, ya han dado algunos pasos en ese camino, sin que les haya sido de mucha utilidad. Tratándose de los tories, será inevitable que continúen agitando la bandera de un referéndum para salir de la UE. Una vez que ya has prometido que lo convocarás si ganas las próximas elecciones, no sé qué más ventajas puedes obtener, pero el euroescepticismo es el plan B de todos los tories que creen que necesitan aumentar su apoyo a corto plazo.

El mensaje antiestablishment ha favorecido a UKIP. Lo curioso es que ese es un espíritu también bastante extendido entre dirigentes tories a nivel local, gente que desconfía de Londres, la ciudad menos inglesa de Inglaterra, y de sus autoridades. Una concejal tory derrotada se queja amargamente de que los políticos «no escuchan» a la gente corriente. En realidad, no le escuchan a la gente como ella, que cree que todos los problemas proceden de Europa y de esos extranjeros que están por todos los sitios. Es un buen retrato de los votantes de UKIP.

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–Para los interesados en saber qué pasaría en unas elecciones generales: en primer lugar, aún faltan dos años. Pero si quieren saber más datos, es interesante la encuesta reciente que encargó el empresario Lord Ashcroft, un ex vicepresidente de los tories que financia habitualmente estudios electorales más extensos que los habituales en los medios. Los datos son alentadores para Miliband. Del sondeo (19.000 votantes en 213 escaños en los que las diferencias fueron escasas en 2010) se deducía una mayoría absoluta de nada menos que 84 escaños para los laboristas.

–Un efecto del éxito de UKIP: el voto a los ultraderechistas del BNP, relevante en algunas zonas en anteriores comicios locales, casi ha desaparecido.

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Un dictador muerde el polvo

Siempre es divertido reírse de un tirano. Aún más, si se trata de un ejercicio de culto a la personalidad que termina mal, es decir, bien. Pero la cosa adquiere ya niveles gloriosos si el líder carismático no se ha conformado con un discurso y las ovaciones de costumbre, sino que aspiraba a algo más… épico.

El dictador de Turkmenistán, Gurbanguli Berdymujamédov, de 55 años, participó en una carrera de caballos en la que, obviamente, cruzó la meta en primer lugar. Pero sólo unos metros después el caballo cayó y llevó al suelo a su augusto jinete, que parece que perdió el conocimiento durante unos instantes. Dicen que el hipódromo se sumió en un incómodo silencio.

No es menos espectacular la imagen de no menos de 30 guardaespaldas y asesores que se dirigen corriendo a la pista para levantar al amado líder.

Es cierto que Berdymujamédov, en el poder desde 2006, no llega a las cotas de delirio de su antecesor, Niyávoz. Otras costumbres están más arraigadas: ganó las últimas elecciones con un 97% de los votos.

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La culpa es de los periodistas que no se creen las mentiras del Gobierno

El secretario general del PP vasco ha dado con la tecla correcta para descubrir por qué el país se encuentra sumido en el pesimismo. ¿Seis millones de parados? ¿Un paro juvenil del 53%? ¿Un déficit incontrolable? ¿Una deuda que se dirige hacia el 100% del PIB? No, la prensa, los medios de comunicación, esa gente que se niega a aceptar el espíritu Campofrío, periodistas que nos llenan la vida de pesimismo. Si salimos de la crisis, será a pesar de ellos. Esto lo arreglamos entre todos si nos estamos callados.

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El miedo al terrorismo y a los muebles

Un 40% de norteamericanos dice estar preocupado por que algún miembro de su familia pueda ser víctima de un atentado terrorista, según un sondeo de CNN realizado después del atentado de Boston.

No hay datos en la encuesta sobre el número de norteamericanos que temen morir aplastados por un mueble o una televisión.

Por ser justos con ellos, habrá que recordar que estos son los datos que suelen aparecer después de una cobertura intensiva de un hecho ya de por sí dramático.

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El escaso interés de EEUU por una guerra en Siria

En la rueda de prensa de hoy, Obama se ha referido al uso de armas químicas en la guerra siria en términos que dejan claro lo poco que le interesa ahora mismo una intervención militar en el conflicto. Al menos oficialmente, EEUU ni siquiera sabe quién ha usado esas armas.

No es extraño. Dos sondeos revelan lo lejos que figura Siria de las prioridades de la opinión pública. Un 62% no cree que sea responsabilidad de EEUU intervenir en esa guerra. Lo mismo cuenta otro sondeo, pero en este caso hay otra pregunta de la que se pueden sacar conclusiones diferentes. Un 45% estaría a favor de una intervención militar si confirmara el uso de armas químicas por el Gobierno de Damasco (el 31% se mostraría en contra).

Compromisos de entrar en combate cuando se basan en futuribles tienen un valor relativo. Pero es un aumento significativo sobre los números de las encuestas a finales de 2012. El interés sigue siendo escaso, pero todo puede cambiar si los gobernantes sirios perdieran la cabeza. Razón de más para que no lo hagan, si aún quedan entre ellos gente que sabe lo que le conviene.

Además, un 70% de los norteamericanos apoya el uso de ‘drones’ en las guerras. A partir de ahora, veremos más encuestas en las que el belicismo coge forma de enviar drones o aviones. La guerra limpia, le llamarán. Limpia para los que disparan.

23.30

Pocas horas después de la rueda de prensa, se ha producido un giro inesperado con la noticia en The Washington Post de que Obama está dispuesto a enviar armas a los rebeldes sirios. ¿Ahora mismo? No, «dentro de unas semanas» o justo antes de que se reúna con Putin en junio. Si quisiéramos sospechar, podríamos pensar que se trata de presionar a Rusia para que cambie de actitud.

No hay información mucho más concreta en el artículo. Nada sobre qué tipo de armas, ni el tipo de grupos que recibirían esta ayuda. Otros periodistas han recibido un mensaje diferente de la Casa Blanca: «No hay respuestas fáciles», le han dicho a David Corn. Como si no lo supiéramos.

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Impotencia ante la guerra de Siria

Es de esas imágenes que no necesitan mucho contexto. 175.000 personas viven en este campamento de refugiados sirios en Jordania y todos dependen de la comida que facilita el Programa Mundial de Alimentos de la ONU.

Decenas de miles de muertos después, la guerra de Siria ha alcanzado ya el nivel que se intuía casi desde el primer momento: todas las opciones son malas, pero algunas son especialmente terribles. Entre estas últimas, está la de no hacer nada.

Ningún bando se ha impuesto al otro, lo que al menos habría permitido el fin de la mayor parte de los combates. No se ha producido ni la estabilización del frente ni una partición de hecho del país. No hay ninguna posibilidad de un acuerdo negociado ni existe un consenso claro entre los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Todo eso se intuía hace unos meses. Ahora es aún más evidente.

La denuncia de que el Ejército sirio utilizó gas sarín contra sus enemigos tampoco ha supuesto un cambio drástico de la situación. En primer lugar, porque la información es escasa y hasta sospechosa. Washington dijo que tenía datos de inteligencia fiables pero incompletos sobre su uso «a menor escala». No parecía una confirmación tan incontrovertible como para iniciar una operación militar. Los vídeos habían sido difundidos por los rebeldes, obviamente interesados en forzar la intervención occidental en su favor.

La iniciativa había partido de la inteligencia militar israelí en lo que parece, según el periodista Alon Ben David, un intento del Gobierno de Netanyahu por forzar a EEUU a asumir un protagonismo que no desea. A largo plazo, es algo que Netanyahu intentará utilizar en su favor para convencer a Obama del camino que debe seguir en relación a Irán.

Los análisis de expertos no indican una conclusión clara en ningún sentido. De hecho, los vídeos difundidos no responden a los síntomas habituales en víctimas de ataques con gas sarín.

En cualquier caso las declaraciones de los políticos marcan unos límites (las famosas ‘líneas rojas’) que son muy difíciles de demostrar en la práctica, a menos que se trate de un ataque a gran escala, que no se ha producido porque perjudicaría los intereses del Gobierno sirio.

Hay hasta cierto punto un debate absurdo detrás de la discusión sobre las armas químicas. Pongamos que se demuestra que se ha producido un ataque con ese armamento en el que ha muerto un número significativo de personas, entre 100 y 200. ¿Es eso más grave que los miles de muertos, los centenares de miles de refugiados o las ciudades destruidas por armas pesadas?

La realidad es que por cada vez que se insiste en la complicidad de Rusia con Damasco, hay que recordar varias veces que ningún Gobierno occidental muestra mucho apetito por intervenir en un momento en que la guerra no tiene ya vuelta atrás. Nadie quiere afrontar la única solución definitiva, que no pacífica, que consiste en invadir Siria, después del error estratégico de Irak. Opciones de menor rango, como la zona de exclusión aérea impuesta en Libia, llegan demasiado tarde y, como mucho, podrían detener los combates en algunas zonas del país. En este caso, casi dependen por completo de Turquía.

Invadir Siria equivale a elegir un vencedor en la guerra y resignarse a una posguerra tan impredecible como la iraquí. Todos los intentos de hacer posible un frente político unido de la oposición siria que reúna a sectores laicos e islamistas han fracasado. No hay ningún ‘caballero blanco’ por el que se pueda apostar y sobre el que construir una alternativa de futuro asequible a los intereses occidentales. Lo que parece es que la derrota de Asad sólo puede provocar un régimen suní islamista que a largo plazo será hostil a Occidente e Israel, y curiosamente también a Irán e Irak.

Benedict Brogan, del Telegraph, es un periodista que hubiera aceptado casi cualquier opción militar para derrocar a Asad. Reconoce que en estos momentos y por distintas razones que ningún Gobierno occidental está dispuesto a ir hasta el final. Son los pecados de la década anterior (Irak) y los de la actual (la austeridad) los que tienen atenazados a EEUU y el Reino Unido. Los británicos ya enterraron su prestigio militar en Basora y Helmand y no tienen muchas ganas de volver a engañarse.

La insistencia en hablar de las armas químicas es un ejemplo. Serviría para justificar una acción limitada en las bases donde se encuentran los arsenales y habría fondos suficientes para afrontarla. Más allá de eso, sólo queda la resignación. Paralizados por la falta de salidas viables, todo el mundo espera a que el Gobierno sirio se desmorone solo y, al no hacerlo, deja a todos sin respuestas.

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