Sé amable con Washington porque escucha todo lo que dices

Der Spiegel encuentra pruebas de que la NSA intentó pinchar el teléfono móvil de Angela Merkel. Las pasa al Gobierno, el servicio de inteligencia las examina y resulta que creen que la denuncia tiene visos de ser cierta. La canciller está lo bastante cabreada como llamar por teléfono a Obama para quejarse. Y el portavoz de la Casa Blanca desmiente la noticia utilizado el presente y el futuro, pero no el pasado. Ahora y a partir de ahora, en absoluto. ¿Hasta ayer? No nos metamos en ese escabroso terreno.

Hollande también ha llamado a Obama porque es probable que la NSA haya estado hurgando a gran escala en los registros de llamadas de ciudadanos franceses. Antes se supo que los espías norteamericanos investigaron los sistemas de comunicación de la presidenta brasileña, Dilma Rouseff. Con el expresidente mexicano, Felipe Calderón, tuvieron un completo éxito al tener acceso a sus emails. Peña Nieto, el actual presidente, ya puede dar por hecho que la NSA conoció sus comunicaciones cuando era candidato.

Todas estas noticias echan por tierra las excusas ofrecidas por Washington una vez que se empezó a conocer la información facilitada por Edward Snowden. La idea de que el extraordinario poder tecnológico de la NSA y la colaboración permanente de las grandes empresas como Google o Microsoft sólo se emplean en las investigaciones relacionadas con la lucha antiterrorista es algo que sólo convence a los que ya están convencidos antes de oír cualquier explicación. Está en la naturaleza de los estados y grandes corporaciones. Si no hay cortafuegos legales u obstáculos políticos insalvables, los espías tendrán barra libre para llevar a cabo su trabajo. El mundo no se dividirá entre aliados y enemigos, sino entre gente a los que es factible espiar y aquellos a los que resulta imposible hacerlo (curiosamente, es más fácil que los enemigos estén en el segundo campo).

Y no vale el típico argumento de que eso es algo que hace todo el mundo, porque no todo el mundo lo hace… a ese nivel. Algo me dice que alemanes o franceses, por no hablar de brasileños y mexicanos, no están condiciones de espiar las comunicaciones personales del presidente de EEUU.

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La guerra de los ‘drones’ y su margen de error

Amnistía Internacional y Human Rights Watch lanzan hoy sendos informes sobre el uso por EEUU de ‘drones’ en sus guerras de Yemen y Pakistán. «América no lanza ataques para castigar individuos. Actuamos contra terroristas que suponen una amenaza continua e inminente al pueblo norteamericano, y cuando no hay otros gobiernos capaces de hacer frente a la amenaza. Y antes de que se lleve a cabo un ataque, tiene que haber una seguridad casi absoluta de que ningún civil resultará muerto o herido», dijo Obama en un discurso en mayo.

Falso. El informe de Amnistía Internacional se centra en nueve ataques ocurridos entre mayo de 2012 y julio de 2013 en Waziristán del Norte, Pakistán. En cuatro de ellos, se cree que murieron al menos 30 civiles: «Una soleada tarde de octubre del año pasado, Mamana Bibi, abuela de 68 años, voló en pedazos ante la mirada de sus nietos. Mamana Bibi, matriarca de la familia, estaba recogiendo hortalizas en los campos de la familia en el noroeste de Pakistán cuando un vehículo aéreo no tripulado -«dron»- de los utilizados por Estados Unidos disparó directamente contra ella un misil Hellfire que la mató en el acto. Unos minutos después se disparó una segunda descarga de misiles, que causó heridas de gravedad a algunos de los niños que se arriesgaron a ver lo que había quedado de su abuela».

Este último detalle se repite en otros casos: un segundo ataque dirigido contra las personas que se acercan al lugar de la explosión para atender a los heridos. Washington parte de la base de que cualquiera que se aproxime es por definición un enemigo y procede a eliminarlo. Cuando son civiles las víctimas, no es extraño que sean también civiles los que corren a comprobar si hay supervivientes. Para la legislación internacional, se trata de un crimen de guerra, similar al ataque sobre una ambulancia o un hospital.

En un ataque en julio de 2012, Amnistía describe la explosión en Zowi Sidgi ocurrida en una tienda donde se reunían para cenar un grupo de personas después de un día de trabajo. El misil mató a diez de ellos. Pocos minutos después, el ‘dron’ repitió el ataque sobre ese mismo punto. Otras ocho personas murieron.

En el informe de Human Rights Watch se habla del caso de un ataque en septiembre de 2012 contra un todoterreno en Yemen. Murieron doce de sus catorce ocupantes, entre ellos tres niños y una mujer embarazada. «Cuatro de esas personas quedaron sin cabeza. Muchos perdieron brazos y piernas», dijo a HRW un líder tribal de una localidad cercana.

Al día siguiente, el vicegobernador de la provincia llegó al pueblo con el pago de la compensación que se entregó a la familia: 95 kalashnikov y 70.000 dólares.

En los seis ataques investigados por HRW, se calcula que 57 de las 82 víctimas mortales eran civiles. Un investigador de Naciones Unidas dijo hace unos días que el número de civiles muertos en los ataques en Pakistán puede ser de unos 450, sobre un total de 2.200 víctimas. Otros 200 eran probablemente no combatientes.

La propaganda nos habla de una guerra limpia con técnicas quirúrgicas contra objetivos precisos, miembros de organizaciones terroristas. La realidad es muy diferente. El operador del ‘dron’ puede estar a miles de kilómetros, pero la información que lleva a decidir ese ataque se consigue sobre el terreno, y los errores son numerosas en algunas zonas en las que ni siquiera el Gobierno local cuenta con una presencia relevante.

Se trata básicamente de matar a 2.000 metros de altura sin asumir más responsabilidad que una compensación económica cuando el error es demasiado obvio. Los puntos que se aprecian en tierra desde el ‘dron’ son prescindibles. Son seres humanos que entran dentro del margen de error. Si no fuera por informes como los de AI y HRW, esas personas seguirían siendo puntos para los norteamericanos. Quizá sigan siéndolo.

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¿Cuándo crecen más los asentamientos israelíes en Palestina?

Una constante en todos los procesos negociadores entre israelíes y palestinos: siempre ha aumentado en esos momentos de forma significativa el número de habitantes de los asentamientos judíos en los territorios palestinos. La imagen es una de las infografías del Christian Science Monitor en la que aparecen esos datos.

Las negociaciones provocan una gran cantidad de artículos, discursos, reuniones… que siempre terminan desvaneciéndose en el aire. Lo que no desaparece, lo que tiene consecuencias reales sobre el terreno es la expansión de los asentamientos, que al final convierte el diálogo en una pantalla de ficción: detrás de ella está la auténtica realidad.

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Cuando la venganza sustituye a la justicia

La plaga del terrorismo no se acaba cuando callan las armas. Como se puede apreciar en el mensaje difundido por la AVT en Twitter, puede originar que durante mucho tiempo esa semilla de odio crezca en otros terrenos y pervierta el debate en una sociedad democrática y los más elementales principios de la justicia.

El cese de la violencia por ETA plantea dudas políticas y morales que el Gobierno y la sociedad deben afrontar. Es legítimo que haya una parte de la opinión pública que no pueda permitir que se haga una especie de borrón y cuenta nueva, y con más razón si entre ellos están las personas que sufrieron un daño que nunca se podrá borrar.

Otra cosa muy diferente es que se intente imponer un discurso único por el que los que discrepan de determinadas posiciones son considerados cómplices de los enemigos de la sociedad. Ese es un recurso utilizado con frecuencia en los regímenes totalitarios.

La llamada doctrina Parot se pergeñó para impedir la salida de prisión de terroristas que habían cumplido su pena atendiendo a los criterios legales existentes en la época en que fueron juzgados y encarcelados, que incluían la posibilidad de la redención de una parte de la pena. Esa opción desapareció en la práctica para los presos con condenas más largas con una reforma legislativa. Para los presos condenados antes, el Tribunal Supremo se inventó una nueva interpretación de la ley que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos rechazó en primera instancia y que ahora puede descalificar de forma definitiva. Se había vulnerado el principio de no retroactividad.

El entonces ministro de Justicia, Fernando López Aguilar dijo que estaban dispuestos a «construir una nueva imputación por continuidad de vinculación con la banda armada o por amenazas proferidas desde la cárcel» como treta para que Parot no saliera de prisión. Ese concepto de justicia a la carta se mantiene con el actual Gobierno. El ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, dijo que existía la posibilidad de recurrir a la «ingeniería jurídica» ante una sentencia contraria del tribunal europeo.

Cumplir la ley no es algo que pueda quedar al albur de la opinión pública, de los intereses políticos de un Gobierno o de las emociones de las víctimas de esos delitos. Por doloroso o polémico que sea, un Gobierno y los tribunales de justicia no pueden reescribir la ley sobre la marcha para complacer los deseos de una parte de la población, o incluso de la mayoría. Ciertos principios legales del Estado de derecho no dependen del número de votos obtenidos en las últimas elecciones ni de la capacidad de presión de algunas organizaciones.

Al igual que ocurrió con la «ingeniería jurídica» puesta en marcha por el Gobierno de entonces y la Audiencia Nacional para impedir la salida de prisión de De Juana Chaos, debe quedar claro que la venganza no es una forma admisible de justicia.

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La república del 1%

«Si las clases bajas no ofrecen un buen ejemplo, ¿para qué sirven? Como clase, parecen no tener ningún sentido de la responsabilidad moral». Oscar Wilde pretendía ser irónico cuando hizo que Algernon, personaje de La importancia de llamarse Ernesto, pronunciara estas palabras. Ahora vivimos en una época en que personajes muy reales están claramente a la altura del aristócrata imaginado por Wilde.

Gente como el multimillonario Stephen Schwarzman (patrimonio personal: 6.500 millones de dólares), consejero delegado del fondo de capital riesgo Blackstone. Cuando le preguntaron por los problemas fiscales de EEUU, se fijó en el 45% de sus compatriotas que no pagan impuesto federal de la renta: «Se trata de que estamos todos juntos metidos en esto. La idea de que la mitad de la gente no esté implicada en el impuesto sobre la renta es algo extraña. No voy a decir cuánto tiene que pagar la gente, pero todos deberíamos ser parte del sistema».

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Nueva York en planos de un segundo.

–Nuevos fichajes se unen a la troupe de Wes Anderson.
–Todo lo que estaba mal en ‘Carrie’.
–Vigalondo, fan de David Lynch.
Kubrick pensó en una secuela para ‘Teléfono rojo, volamos hacia Moscú’.
–El ‘backstage’ de las películas de terror no es tan terrorífico.
–Los actores de Hollywood que comenzaron con películas de terror.
Gay Talese anota su reportaje más famoso.
–Michael Chabon escribe sobre Thomas Pynchon.
Space Invader era muy difícil para su creador.
Zombis contra animales. No apueste por los primeros.
–Los presentadores de informativos en las TV de EEUU no son muy originales.
–Un museo del sexo en Japón tiene que ser raro.
–No tuvo mucho éxito la venta de obras de Banksy en un puesto callejero en NY.
–El mercado de las casas ‘encantadas’ en EEUU.

–El tercer episodio de la última temporada de Homeland coloca a Brody en Caracas, recluido o protegido (o ambas cosas) en un rascacielos medio construido llamado la torre de David. En realidad, se rodó en Puerto Rico. En Venezuela no están muy contentos con la historia. Jon Lee Anderson, que estuvo allí, explica cómo es la auténtica torre de David.

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Próxima parada: la guerra civil de los republicanos

«Crazy is the new normal», dicen en la portada de Bloomberg Businessweek con la imagen del senador Ted Cruz en plan sombrerero loco. La banda del Tea Party colocó al país al borde de la suspensión de pagos sin necesidad de ser mayoría en el grupo republicano de la Cámara de Representantes. Los líderes del partido en la Cámara quedaron en evidencia. Los demócratas descubren ahora que 14 escaños pueden estar a su alcance.

La misma revista dice que la del Tea Party puede ser una victoria pírrica. A fin de cuentas, ¿qué han conseguido en términos de reducción de gasto público? Todos esos recortes de los últimos años no han tocado la parte del león (pensiones, Medicare o Medicaid) que sigue creciendo al igual que en otros países occidentales.

La clave de la no tan segura victoria del Tea Party (que ya sabemos que son difíciles de eliminar) es más política que económica. Es cierto que el nivel de polarización política en EEUU es el mayor de su historia desde la Guerra Civil. Nunca antes ha sido tan pequeño el centro político. No es que eso sea una ideología –no lo es–, pero sí es obvio que los moderados de cada partido dispuestos a llegar a acuerdos son cada vez menos en número e influencia.

Eso no quiere decir que los líderes republicanos y los grupos que los financian vayan a aceptar ser conducidos hasta la derrota. Su arma es el dinero que las cámaras de comercio y otros grupos de presión empresariales pueden utilizar en futuras primarias republicanas. «No conozco a nadie en la comunidad empresarial que se vaya a poner del lado de la minoría talibán», dice el representante de uno de ellos. Pero las elecciones no se ganan sólo con dólares.

¿Habrá un contraataque político de los republicanos que, sin ser moderados, no se cuentan entre las filas del Tea Party cuando en unos pocos meses vuelva a aparecer la amenaza de otro ‘shutdown’? El líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, parece tenerlo muy claro: «Uno de mis refranes favoritos es un viejo dicho de Kentucky, ‘No se aprende nada cuando una mula te da una coz por segunda vez’. La primera coz de la mula fue en 1995, la segunda en los últimos 16 días. Un (nuevo) cierre del Gobierno está descartado».

No le falta razón, senador, pero los del Tea Party no han aprendido nada con la primera ni con la segunda coz. Su juego es otro, porque no creen que haya nada que aprender. Algunos de sus partidarios no hacen ascos a la idea de una escisión en el partido, aunque en realidad lo que pretenden es apoderarse de él.

McConnell y los suyos van a necesitar algo más que refranes y dólares de los empresarios para hacer frente a esa amenaza.

Bola extra: los políticos republicanos convertidos en payasos.

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El ejército zombi del Tea Party es muy difícil de matar

«Aquí no hay ganadores», ha dicho Obama. Después de pasar varias semanas practicando el gesto duro (no voy a negociar/no voy a aceptar ningún chantaje), el jueves tocaba la actitud benevolente. No quiere aparentar que aprovechará su victoria en esta crisis del ‘shutdown’ para aplastar a la tropa republicana.

Da igual. Lo único que conseguirá es enfurecer aún más a sus rivales. Los Tea Party han perdido una batalla (lo saben, por eso están acusando a los medios de comunicación de ser los responsables), pero no la guerra. Como en la «guerra contra las drogas», la suya es una contienda bélica sin fin. Cualquier amago de autocrítica o reflexión sobre los errores cometidos será tachada de complicidad con el enemigo.

Los congresistas republicanos menos propensos a la yihad contra el Estado tienen cosas más importantes que Obama de las que preocuparse. Deben pensar en las primarias de cara a las elecciones legislativas de 2014 cuando saldrán candidatos del Tea Party dispuestos a eliminarlos. Muy pocos de esos congresistas podrán decir que son completamente invulnerables.

Es muy posible que la marca Tea Party haya quedado muy dañada en EEUU, como dice Roger Senserrich. También es cierto que el balance general de la crisis arroja una derrota casi general de los republicanos, y que eso debería tener consecuencias. Ezra Klein apunta un detalle menos conocido en España. La tormenta hizo que no se prestara tanta atención en su estreno al funcionamiento de la página web HealthCare.gov, una herramienta muy importante en la reforma sanitaria. Se podría decir que ha estado a la altura de la web de Renfe (no tanto, eso es imposible).

En definitiva, los republicanos podrían llegar a la conclusión de que ellos son los peores enemigos de sí mismos.

No apuesten por ello. Creo que Felix Salmon acierta cuando plantea que nadie entre los conservadores pensará que han errado. No van a cambiar de rumbo y bien podría ocurrir que en unos meses estuviéramos en las mismas. Los del Tea Party son como zombis. No están aquí para complacer a los medios de comunicación, Wall Street o las empresas. No necesitan moderar sus peticiones para que un acuerdo entre ambos partidos sea factible. Están obsesionados por alcanzar un objetivo: poner fin a la deriva «socialista» en la que creen que está inmerso su país. No se pacta con los responsables de ese escenario de terror.

«La clave es que el ejército zombi, AKA el Tea Party, es un movimiento, no una persona, y es un movimiento con una agresiva tendencia antilógica. No se negocia con un zombi ni se te puede ocurrir algún silogismo astuto con el que convencer a un grupo de nihilistas revolucionarios que es una mala idea meterse en una pelea si te han dejado claro que la vas a perder».

Como el Apocalipsis no se ha producido y la Bolsa no se ha precipitado en el vacío, nadie ha resultado herido (excepto los funcionarios que han estado sin salario estos 16 días o la gente que no recibió los subsidios sociales, dos colectivos que no gozan del cariño de los Tea Party) y los republicanos más radicales pueden presumir de que no era para tanto. Era mucho más importante defender sus principios hasta el final y, como un ejército zombi, continuar avanzando hacia adelante con la mirada fija puesta en el horizonte.

Si les destrozan una pierna, siguen hacia delante. Si les vuelan la mandíbula, siguen hacia adelante. Si les arrancan un brazo, siguen hacia adelante.

Es realmente difícil matar a un zombi, y es lo mismo que ocurre con el Tea Party.

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Los republicanos echan el freno antes del precipicio

En la noche del miércoles, las caras de los congresistas republicanos hacían pensar en un desenlace de la crisis del ‘shutdown’ muy desfavorable para sus intenciones. Lo que no se sabía es que iba a ocurrir tan pronto.

John Boehner tuvo que cancelar la votación prevista para el martes. No disponía de votos suficientes en su propio partido para sacar adelante en la Cámara de Representantes lo que básicamente era una forma de mantener el pulso. Su plan no iba a ser aceptado por la Casa Blanca y tenía diferencias importantes con lo que podía aprobar el Senado. Pero no se trataba de encontrar una salida, sino de aparentar que los congresistas se estaban moviendo para buscar una solución, y así sería más fácil vender a los medios la idea de un choque entre dos visiones contrapuestas y respetables.

Boehner dijo a los congresistas que prefería «lanzar una granada que coger en el aire una granada». La bomba le estalló en la cara cuando vio que su propio partido le dejaba tirado. ¿Graves discrepancias ideológicas? Quizá pero también instinto de supervivencia de políticos atemorizados por el Tea Party. «La gente está pensando en las primarias, en serio», dijo el consejero de un congresista a National Review.

El fracaso de Boehner dejó el campo libre a los adultos, los senadores demócratas y republicanos. A esta hora ya han anunciado el acuerdo que debería poner fin a la crisis. El límite de deuda aumentará hasta el 7 de febrero. La financiación del Gobierno queda asegurada hasta el 15 de enero mientras ambos partidos continúan negociando sobre temas presupuestarios.

Los demócratas hacen concesiones menores que no ponen en cuestión la integridad de la reforma sanitaria. En ese sentido, es una clara derrota de los congresistas del Tea Party, que pretendían aprovechar esta crisis para minar el desarrollo del ‘Obamacare’. Toda esta catástrofe en ciernes y el cierre parcial de la Administración federal durante 16 días para al final conseguir… nada. «Este acuerdo es una broma comparado con lo que se podría haber sacado si hubiéramos tenido una estrategia más razonable», ha dicho el senador republicano Lindsey Graham. Este es uno de los que necesitan argumentos con los que sacudirse de encima a los radicales de su partido que le acusaran de traidor.

Los senadores se pusieron en marcha tras saber a primera hora que Boehner permitiría la votación en la Cámara de Representantes del acuerdo ya perfilado, pero no cerrado, en el Senado. Lo hacía a pesar de que sabía que no tendría una mayoría de votos republicanos en el Consejo. Sólo podría salir adelante con los votos demócratas en vulneración de la llamada regla Hastert, que no es más que una regla informal desde mediados de los 90 para mantener la cohesión del grupo parlamentario.

Al final, Boehner tuvo que admitir su derrota y obrar con algo de sentido común. Una regla no escrita y la coacción de los 40 o 50 congresistas republicanos más radicales no podían ser más importantes que la estabilidad financiera y económica del país.

El acuerdo se debe votar en el Senado, donde no lo tendrá difícil, y en la Cámara de Representantes, donde se supone que también se aprobará con los votos demócratas y de algunas decenas de republicanos. Por mucha urgencia que haya en el asunto, los plazos de funcionamiento de ambas cámaras podrían hacer que no diera tiempo para que se aprobara antes del jueves. Sin embargo, aunque se llegue a ese día sin un acuerdo certificado por ambas Cámaras, eso no tendría consecuencias económicas graves.

La reputación financiera del país más poderoso del planeta es otro asunto muy diferente. En especial, porque nadie puede estar seguro de que no estemos en las mismas en febrero. Como toda insurgencia, el Tea Party vive sólo para continuar la pelea contra el sistema político de su país. Live to fight another day, y todo eso.

22.15

Las primeras reacciones de los grupos más conservadores dejan claro quién es el derrotado. El Club for Growth, poderoso lobby antiimpuestos, dice que «no hay cambios significativos en ObamaCare» ni tampoco recortes de gasto relevantes. FreedomWorks afirma que es «una completa rendición con regalos incluidos para los demócratas». Hay infinidad de grupos del Tea Party con lo que es difícil encontrar una posición común pero esta reacción será compartida por muchos de ellos. Acusan a los líderes republicanos de venderse y no plantar cara a la Casa Blanca con la intención de acabar con la reforma sanitaria. Está claro que no buscaban un acuerdo ni conseguir un fuerte recorte de gasto público, sino eliminar eso que llaman Obamacare. Es decir, una rendición de Obama, y al final los que se han rendido han sido sus congresistas. En democracia, ocurre con frecuencia en los legislativos. Si no tienes los votos para aprobar o rechazar algo, tendrás que esperar a las próximas elecciones.

Jueves

El cierre parcial del Gobierno ya es historia. El Senado votó a favor del acuerdo por 81 votos a 18. Más de la mitad de los senadores republicanos votaron sí. El marcador en la Cámara de Representantes fue 285-144. Entre los votos afirmativos, 87 republicanos.

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La casa de los horrores

La portada de The New Yorker recuerda un poco a la sede del Partido Republicano que aparece en los Simpson. Esta vez es todo el Congreso el que sale retratado como una casa encantada, un lugar terrorífico con fantasmas, murciélagos, telarañas, lápidas y esa verja en la que siempre acaba empalado alguien.

La cuenta atrás hasta el jueves se ha convertido en «una cuenta atrás hacia el Armagedón», en expresión del reverendo Pat Robertson.

Vale, aceptemos que Robertson es un telepredicador desquiciado tras muchos años de anunciar la llegada del Maligno cada vez que un demócrata aparecía en la Casa Blanca. Aceptemos también que Michael Bachmann es una bruja psicótica que, a cuenta de la ayuda de EEUU a los rebeldes sirios, es capaz de ver cerca el Apocalipsis.

Pero no hay crisis política o económica que no se pueda solucionar invocando al Ser Supremo. Eso es lo que ha venido a decir el senador Ted Cruz, que reza para que se cumpla la voluntad de Dios y además está convencido de que eso será lo que suceda. Techos de deuda, bonos del Tesoro, suspensiones de pagos… todo eso son minucias porque podemos estar tranquilos. Se hará lo que Dios quiera que se haga.

Gente como Bachmann y Cruz son los que de momento tienen la llave para que haya un acuerdo. No todos los congresistas republicanos son así, evidentemente, pero a día de hoy no se han atrevido a promover un acuerdo con los demócratas para que ese pequeño artefacto administrativo llamado Estado siga funcionando.

Algunos periodistas creen que cuando se esté a punto de saltar desde el precipicio Obama podrá sacar de la chistera la Enmienda XIV de la Constitución, un texto de 1868 que en su sección cuarta básicamente le permite pasar por encima del Congreso en cualquier asunto relacionado con la deuda. Esa es la hipótesis de Hendrick Hertzberg en The New Yorker, que afirma que a lo único que se arriesga Obama es a un proceso de destitución (‘impeachment’) promovido por los republicanos en la Cámara de Representantes que no tendría ningún futuro ni en el Senado ni ante la opinión pública.

La hipótesis de esta enmienda no está muy alejada de la visión catastrofista de los republicanos más radicales. No está mucho menos claro jurídicamente que Obama se pueda saltar alegremente el control legislativo recurriendo a un instrumento legal que tenía una explicación bastante lógica en la época, pocos años después de la guerra civil. Sería como situar al país en otra confrontación interna existencial ante la que habría que reaccionar con medidas de emergencia. Un puro dislate.

Al final, la única salida viable, y por mal que estén las cosas la más probable, será un acuerdo complejo y retorcido que permita lanzar el balón seis o doce meses más adelante, momento en el que volverá a suscitarse el mismo drama. Es lo máximo que se puede obtener de la casa de los horrores. Como en las pelis de terror, en el último momento cuando está a punto de producirse la tragedia definitiva, el monstruo desaparecerá, nadie sabrá si ha muerto y así quedará disponible para la inevitable secuela.

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