
En mayo, Patrick Cockburn escribió Is it the end of Sykes-Picot?, y varios meses después el artículo continúa siendo uno de los mejores análisis sobre el balance de fuerzas en la guerra de Siria y la capacidad de este conflicto de desestabilizar a otros muchos países de la zona.
El artículo se inicia con el análisis de la percepción equivocada durante mucho tiempo, no sólo en Occidente, sobre la debilidad intrínseca del régimen de Asad y su final inminente, que en buena parte se debe a las imágenes que circulan en las televisiones y los ordenadores. No es sólo que todos esos vídeos de YouTube pueden ser o no reales, o haber sido subidos por activistas con sus propias prioridades. Ocurría algo similar, dice Cockburn, cuando no existía YouTube y los vídeos eran patrimonios de la televisión:
«Algunas de las dificultades en la información sobre la guerra no son nuevas. La televisión tiene una gran inclinación por el drama de la guerra, por las imágenes de misiles que explotan sobre las ciudades de Oriente Medio entre los destellos del fuego antiaéreo. Los periodistas de medios escritos no pueden competir con estas imágenes, pero raramente son representativas de lo que ocurre. A pesar de las famosas imágenes, Bagdad no fue fuertemente bombardeada en 1991 o 2003.
El problema es mucho peor en Siria de lo que lo fue en Irak o Afganistán (en 2001) porque las imágenes más impactantes de Siria aparecen primero en YouTube y, en su mayor parte, han sido subidas por activistas políticos. Aparecen en los informativos de TV con avisos de que la cadena no ha podido confirmar su veracidad, pero los espectadores asumen que la televisión no las daría si no pensara que son reales. Los testigos presenciales son aún más difíciles de encontrar, ya que incluso la gente que vive a unas pocas calles de los combates en Damasco consiguen la mayor parte de su información de Internet o la TV».
Cockburn explica luego cuál era la situación militar de la guerra en mayo. Al igual que otros muchos artículos, describe una situación de empate estratégico en el que ninguno de los dos bancos puede imponerse sobre el enemigo. Seis meses antes, el Gobierno se había retirado de algunas de las zonas en disputa para concentrarse en la defensa de los grandes centros urbanos y en las rutas que los comunican. Eso dio una sensación errónea de debilidad, que además olvidaba que el control de esas posiciones permitía al Ejército lanzar contraataques efectivos sobre puntos concretos.
«Asad no va a obtener una victoria total, pero la oposición no está en absoluto en disposición de derrocarlo», dice. Lo que entonces sostenía el periodista británico es compartido ahora por casi todos los análisis.
El pesimismo de Cockburn se acrecienta cuando explora el riesgo de que esta guerra desestabilice toda la zona. En primer lugar, hay que recordar que este peligro es citado de forma recurrente en comentarios realizados a cuenta de todas las guerras ocurridas en Oriente Medio. Es un poco como ese cliché periodístico que dice que «la próxima guerra en Oriente Medio será sobre el agua». Desde que alguien pronunció o escribió esa frase ha habido decenas de conflictos sangrientos allí, y siempre ha sido por cosas que poco tienen que ver con el agua (aunque, como todo lo relacionado con los recursos naturales, no sea un detalle irrelevante).
A diferencia del primer año de guerra, el conflicto sirio ha tenido una evidente vertiente exterior:
«Mientras tanto, los países extranjeros están ganando influencia con la ayuda de aliados locales, y al hacerlo los partidarios de los rebeldes están repitiendo el error que Washington cometió hace diez años en Irak. En los embriagadores días tras la caída de Sadam, los norteamericanos anunciaron que Irán y Siria serían los objetivos siguientes para el cambio de régimen. Fue un gesto de soberbia e ignorancia, pero la amenaza era lo bastante real como para que sirios e iraníes decidieran que, para impedir que los norteamericanos se lanzaran contra ellos, tenían que impedir que EEUU estabilizara su ocupación de Irak y por eso prestaron apoyo a los rivales de EEUU con independencia de si eran chiíes o suníes».
Es cierto lo que dice Cockburn, pero no hay que llevar el razonamiento hasta el extremo de afirmar que la guerra de Siria ha sido sólo un elemento patógeno introducido desde el exterior. Hay gente en la izquierda que insiste que esta guerra civil es poco menos que una invasión extranjera protagonizada por «mercenarios» y miembros de Al Qaeda. Curiosamente, es el mismo argumento que los neoconservadores y algunos de sus aliados del momento, como Tony Blair, sostuvieron durante años en relación a Irak. Lo que ellos llamaban la postguerra se había convertido en un desastre por culpa de la aparición de Al Qaeda y sus combatientes extranjeros procedentes de todo el mundo árabe. Los había, es cierto, pero la inmensa mayoría de los miembros de la insurgencia suní eran suníes iraquíes. Y otro tanto ocurre ahora en Siria.
La contaminación de la guerra en cualquier caso es un hecho. En Líbano, todo lo que ocurre en Siria tiene una gran influencia. Hizbolá necesita el apoyo del Gobierno sirio. Entre la coalición de partidos y movimientos que en la prensa aparece descrita como «prooccidental» (y en la que también por cierto hay grupos yihadistas suníes en la zona de Trípoli), se ve la guerra como una gran oportunidad para debilitar a Hizbolá y solventar en su favor la situación de empate político de la última década.
Arabia Saudí y Qatar prestan ayuda militar a los rebeldes mientras compiten entre ellos para favorecer a sus grupos favoritos. Los saudíes ven este conflicto como una forma de propinar un golpe decisivo a sus viejos enemigos, los iraníes.
Irán ha continuado con su apoyo a Damasco, su único aliado fiable en la zona en los últimos 30 años. Teherán teme que si cae Asad, será cuestión de tiempo para que norteamericanos o saudíes, o ambos, decidan poner fin al desafío persa que comenzó en 1979.
Irak ha visto reanudado en 2013 un ciclo de violencia que se había atenuado en los años anteriores. Las cifras de muertos dejan poco margen para la duda. «La revuelta de la mayoría suní en Siria ha hecho que la minoría suní en Irak crea que el equilibrio regional están girando en su favor», escribe Cockburn. Habría que añadir aquí que la confrontación habría sido diferente si el Gobierno de Maliki no se hubiera limitado a relacionarse con la minoría suní a través de las fuerzas de seguridad y la ley antiterrorista. Desgraciadamente, la relación entre chiíes y suníes funciona como una suma cero en varias naciones. Cualquier gesto en favor del otro se considera una resta del poder propio.
Cockburn apunta algo que ha escuchado con frecuencia en sus viajes a algunos de estos países. Es el final de la era de Sykes-Picot, en relación al acuerdo secreto de 1916 con el que los imperios británico y francés pactaron sus zonas de hegemonía en Oriente Medio, y que ha condicionado la historia de la zona desde entonces. El equilibro de poder establecido entre los países que surgieron del fin del imperio turco y de la Primera Guerra Mundial se rompió, dice Cockburn, con la invasión de Irak de 2003, y aún no se ha alcanzado el punto final de ese proceso.
No es que la situación anterior fuera un paradigma de estabilidad, y para comprobarlo sólo hay que echar un vistazo a todas las guerras producidas en Oriente Medio desde 1945. Y ese equilibro estaba basado en factores que tenían una fecha de caducidad, aunque fuera lejana en el tiempo, o que suponían una fuente permanente de inestabilidad: la guerra fría, dictaduras, países gobernados por minorías, la presión demográfica en sociedades con economías de subsistencia, la religión como herramienta de control utilizada por las fuerzas más reaccionarias, la ocupación de Palestina por Israel, el petróleo como cheque al portador para los grupos integristas…
Si es verdad, como dice Cockburn, que en Siria se disputan varios conflictos al mismo tiempo, las posibilidades de un final pacífico son más reducidas. Las guerras civiles condicionadas por los intereses de los países vecinos tienden a durar más de lo humanamente soportable. Es por eso que hay motivos para sentirse terriblemente pesimista.
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Si hay un libro que recomendaría sobre el origen de todos los problemas de Oriente Medio tras el fin de la Primera Guerra Mundial es ‘A Peace to End All Peace’, de David Fromkin.
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Foto: Soldados árabes de la Revuelta Árabe de 1916-1918.