La fábrica de embutidos de la ONU

Nos saltamos los pasos anteriores (incluida la improvisación de Kerry) y nos quedamos con lo ocurrido hoy:

1. China promete que apoyará la propuesta rusa de control de las armas químicas sirias.

2. Francia anuncia que presentará su propia propuesta de resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU.

3. Lavrov dice que Rusia ya está trabajando con Siria en la propuesta.

4. El portavoz de Putin afirma sin dar detalles que Obama y Putin ya hablaron de esta propuesta en el G20.

5. Kerry dice que la amenaza del uso de la fuerza debe continuar sobre la mesa.

6. Cameron dice que si la propuesta es seria, hay que tomarla en cuenta y que una resolución de la ONU sería una buena idea.

7. Obama, Cameron y Hollande aceptan que se discuta la propuesta rusa en el Consejo de Seguridad.

8. Fabius, que ha hablado con Lavrov, dice que no cree que Rusia acepte una resolución de la ONU (que sería de obligado cumplimiento y que alguien podría utilizar en el futuro para justificar un ataque en caso de que no fuera respetada).

9. Lavrov dice que Rusia presentará un borrador de declaración del presidente del Consejo de Seguridad (que tiene menos fuerza que una resolución) para poner en marcha el proceso. Rechaza la propuesta francesa de aprobar una resolución que acuse a Siria de haber utilizado armas químicas.

10. Rusia pide que se convoque una sesión a puerta cerrada del Consejo de Seguridad para comenzar a discutir la propuesta.

11. Putin dice que el acuerdo sólo es posible si EEUU retira la amenaza de un ataque.

12. Obama y Hollande hablan por teléfono y anuncian que no descartan la posibilidad de un ataque militar.

13. El ministro sirio de Exteriores dice que Siria informará de su arsenal de armas químicas a Rusia y la ONU, dejará de producirlas y firmará la convención contra su uso.

14. Kerry dice que es imprescindible una resolución del Consejo de Seguridad.

15. Rusia retira su petición de convocatoria del Consejo de Seguridad.

Todo esto no quiere decir que la propuesta rusa esté condenada al fracaso. El proceso de negociaciones en la ONU no es muy diferente al de una fábrica de embutidos. No es muy alentador observarlo de cerca. Es algo más lento, eso sí, y tiene menos garantías de éxito. Pero, como Hagel ha dicho que un ataque tendría que esperar a mediados de octubre, tienen mucho tiempo para seguir con el vals diplomático.

23.40

Una noticia de esta noche que hay que añadir a la lista. Kerry viajará a Ginebra el jueves para reunirse con Lavrov.

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El secretario de Estado increíblemente pequeño

El 1,93 que mide John Kerry es un dato engañoso. Su altura retórica es muy inferior. No pasa un día sin que el secretario de Estado haga una declaración discutible en el mejor de los casos, absurda y contraproducente para los intereses de la Casa Blanca en los días malos. El lunes ha sido uno de estos últimos días.

En primer lugar, Kerry camina en dos direcciones al mismo tiempo. Tiene que convencer a los congresistas que EEUU debe dar una respuesta militar rotunda al uso de armas químicas en la guerra siria. Pero de forma simultánea, explica que no va a ser una declaración de guerra, no habrá tropas de tierra, la situación no se va a descontrolar, el ataque será «muy limitado», no nos veremos implicados en la guerra civil siria…, casi ni nos vamos a enterar.

Y termina la confusa explicación con unas palabras que son carne de parodia. «Eso es de lo que estamos hablando. Un increíblemente pequeño y limitado esfuerzo».

Si es increíblemente pequeño, ¿qué efecto disuasorio va a tener sobre Asad y un régimen que se juega su supervivencia física?

Eso no ha sido lo mejor. También en Londres ha planteado una hipótesis, casi de pasada, como si estuviera improvisando, como posible salida de Asad para impedir el ataque norteamericano. El dirigente sirio podría entregar «todo su arsenal de armas químicas a la comunidad internacional la próxima semana» y permitir que sea contabilizado y controlado. De inmediato, ha descartado su propia idea. «Pero él (Asad) no va a hacerlo. No puede hacerse».

En Moscú, se ha encendido la bombilla. ¿No se puede? Bueno, se puede intentar. El ministro ruso de Exteriores ha comparecido pocas horas después para decir que su país está dispuesto a convertir esa propuesta en una realidad y obligar a los sirios que pongan todo ese arsenal «bajo control internacional» con vistas a su posterior destrucción. La primera reacción de Damasco ha sido positiva, así como en la ONU y en otros gobiernos.

Un portavoz del Departamento de Estado había intentado después enfriar las expectativas: «El secretario Kerry estaba desarrollando un argumento retórico sobre el hecho de que es imposible e improbable que Asad entregue las armas químicas que niega haber utilizado». Traducción: tranquilos, él no hablaba en serio.

Washington ha visto que ha caído en la trampa tendida por el propio Kerry y ahora dice que examinará cuidadosamente la propuesta. En la práctica, las dificultades materiales para aplicarla son inmensas. ¿Sacarán todas esas armas del país? Imposible en un país en guerra. ¿Qué fuerza va a desplazarse a Siria para vigilar los tres, cuatro o cinco emplazamientos donde se puedan acumular esos proyectiles? ¿Qué garantías tienen los demás países de que Siria notificará la existencia de todas esas armas que además ni siquiera reconoce tener oficialmente?

Todo esto mientras Obama se ve obligado a dar entrevistas a toda televisión que se ponga delante, un día antes de que el presidente se dirija a la nación (¿se atreverá a decir que tanta alarma es sólo para llevar a cabo un ataque «increíblemente pequeño»?), y cuando no parece que la Casa Blanca tenga garantizados ni de lejos los votos necesarios para que la intervención sea aprobada en el Congreso. Antes al contrario.

Martes

Obama confirmó en varias entrevistas que no descarta olvidarse de la intervención militar si prospera la iniciativa rusa. Dijo que la toma «con un grano de sal» y que se asegurará que no consista en una serie de tácticas dilatorias. La nueva dinámica creada permitió al líder de la mayoría demócrata del Senado suspender la votación que iba a celebrarse el miércoles.

Francia ha anunciado que presentará ante el Consejo de Seguridad de la ONU la propuesta rusa. Si se aprobara, se crearía una nueva situación que quitaría a Washington la iniciativa en la respuesta a Damasco. No sería necesario de momento votar en el Congreso y Obama se ahorraría una previsible derrota.

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La España que hace trampas al solitario

La derrota de la España de Campofrío ha sido terrible. Algunos asumieron como si fuera un dogma la frase que se atribuye a Woody Allen: el 80% del éxito consiste en presentarse (Eighty percent of success is showing up) y pensaron que estaba todo hecho. Nos darían los Juegos Olímpicos de 2020 y además nos darían las gracias por tomarnos la molestia de organizarlos en Madrid.

Es la España de la arrogancia y de la terquedad, que algunos confunden con tenacidad.

Después de la derrota, vino la España de la envidia, la conspiración y el victimismo. Nos envidian por la paella, la tortilla, los toros, el sol, el café con leche, el cortado, las mujeres guapas, los hombres apuestos, la siesta, la tapita, la tertulia con los amigos (en otros países los amigos no se hablan), y porque no somos franceses, a diferencia de los habitantes del resto del mundo que, aunque no lo sepan, también son franceses, excepto los ingleses, que son como los franceses, pero peor.

Todo eso cobra forma en LA CONSPIRACIÓN. Lo que se escucha tantas veces en los bares en los que la gente tira las cabezas de gambas al suelo e incluso en algunos donde ponen unas cestas muy monas con una bolsa de plástico. O en los restaurantes en los que hacen cosas raras con el nitrógeno. O en los taxis. O en los estadios de fútbol. O en la peluquería. Pero lo peor es que no se escucha sólo cuando se reúne gente normal y corriente que sólo está soltando sus frustraciones o simplemente matando el tiempo.

No, también se apuntan a la conspiración los miembros de esas élites (extractivas o extranada) que son los responsables de que salgamos al extranjero con ínfulas de nuevo rico dando por hecho que somos los mejores y que cómo nos va a hacer sombra la tercera economía del mundo. Sólo faltó que alguien dijera: ¿cómo nos van a ganar unos japoneses que sólo saben hacer cacharros?

El periodista Juanma Rubio lo ha descrito en una catarata de tuits. Algunos de ellos:

–«Dicho esto, no puedo con el chovinismo, el patrioterismo barato y el mal perder cazurro y cerril. Ni con la falta de autocrítica. O de mundo».

–«En la prensa también tendríamos que analizar el papelón. Burbuja forofa, periodismo de bufanda llevado al olimpismo. Una insensatez».

–«Tokio era la favorita, siempre lo ha sido. Pero mucha gente en España sencillamente no lo sabía porque se le estaba informando MAL».

–«Nadal, Gasol, Mireia… son extraordinarios y además son españoles, no lo son porque son españoles. Son un ejemplo, no un ADN».

–«El 80% construido no es un factor en el nivel final de decisión. Hemos vendido low cost a quienes quieren que su producto sea faraónico».

–«Hacer olimpismo también es fomentar algo más que la rivalidad Madrid-Barça o luchar de verdad contra el dopaje o el racismo en estadios».

Juanma tiene razón en casi todo, pero hay una hipótesis aún más escalofriante y subversiva que nadie consideró entre los responsables del Gobierno, de la candidatura y de los medios de comunicación.

¿Y si resulta que Tokio era mejor?

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Un candidato para el ránking de entrevistas raras con políticos

Creo que no había visto nunca una entrevista tan extraña como esta. Es Tony Abbott, el conservador australiano que acaba de ganar las elecciones de su país. Ocurrió en 2011.

Supongo que lo que ocurre es que Abbott no quiere responder a más preguntas del periodista, porque considera que ya lo ha hecho, pero después se convierte en un robot que sólo mueve la cabeza.

Le habían acusado de hacer un comentario poco apropiado («shit happens») tras la muerte de un soldado australiano en Afganistán. Su respuesta anterior a lo que vemos en el vídeo fue esta:

«Yeah look, you’ve taken this out of context. You weren’t there.  I would never seek to make light of the death of an Australian soldier.  I was doing my best to support the soldier I was discussing with them.  Look, a soldier has died and you shouldn’t be trying to turn this into a subsequent media circus.»

El periodista le pregunta entonces por el contexto y es entonces cuando Abbott queda en animación suspendida. O igual sólo está conteniendo las ganas de estrangular al periodista.

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En Zona Crítica, un análisis de la presentación de la candidatura olímpica de Madrid. La carga de la Brigada Ligera de Ana Botella.

Publicada el por Iñigo Sáenz de Ugarte | 3 comentarios

El espionaje de la NSA en Brasil

Reportaje en la cadena Globo sobre el espionaje de la NSA en Brasil (subtitulado en español).

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Los números no le salen a Obama en el Congreso

La viñeta da una buena idea de la confusión que se aprecia en las explicaciones que da la Administración de Obama en su intento de convencer al Congreso de que apruebe la intervención militar en Siria. El uso de armas químicas es una decisión gravísima que exige una respuesta firme, PERO será un ataque muy limitado. Será un ataque contra las Fuerzas Armadas de un país, PERO en absoluto el Gobierno tiene la intención de participar en la guerra civil siria. No vamos a enviar tropas de tierra, PERO no se puede descartar que haya que reconsiderar la situación si se produce un hundimiento total del régimen y sea necesario controlar el arsenal de armas químicas.

Quien se está luciendo es sobre todo John Kerry, que ya apostó hace unos días en el Senado por emplear el comodín de Hitler (eso nunca es una señal alentadora). En la Cámara de Representantes, donde Obama lo tiene mucho más difícil, Kerry dio un espectáculo nada convincente con su confusión sobre el uso de tropas de tierra. Y sobre la identidad de los rebeldes, el secretario de Estado hizo una valoración sobre el porcentaje de grupos yihadistas cuando menos discutible.

«Quizá el 15% o 25% podrían estar englobados en lo que llamaríamos los tipos malos», dijo Kerry. Cuando un político habla de «bad guys» ya podemos imaginarnos que su análisis no es muy sofisticado. El problema añadido es que esa valoración choca con las estimaciones de los servicios de inteligencia, comunicadas en los últimos meses a los congresistas, según las cuales los grupos más radicales son los mejor organizados y más efectivos en la lucha contra el régimen.

Kerry está metido hasta el fondo en la idea de meter miedo a los legisladores de la Cámara de Representantes (con el argumento de que hay «un 100%» de posibilidades de que Asad vuelva a utilizar las armas químicas si EEUU renuncia a atacar ahora). Algunos de ellos no son personas particularmente inteligentes ni tienen muchos conocimientos de relaciones internacionales, pero tampoco van a caer rendidos ante ejemplos de neolengua como este: «No creemos que vayamos a ir a la guerra en un sentido clásico. El presidente no les está pidiendo ir a la guerra».

Lanzar un centenar de misiles Tomahawk durante varios días desde buques contra las instalaciones militares de un país se parece bastante a una declaración de guerra.

A día de hoy, los números no le salen a Obama en la Cámara de Representantes (quizá sí en el Senado donde el miércoles la Comisión de Exteriores se declaró a favor del ataque por 10 votos a 7). Son muchísimos más los que han anunciado ya que votarán en contra que los que apoyarán al presidente. Estos últimos no llegan a 20 en varias estimaciones. Los primeros son entre 85 y un centenar. Y de los restantes, el Post cree que no menos de 90 se inclinan por el no.

Decenas de congresistas del ala más progresista del Partido Demócrata no están por la labor de votar a favor, lo que obligaría a la Casa Blanca a buscar el apoyo de no menos de 50 republicanos, una meta un tanto alejada de las opciones de una Administración con poca comunicación con los diputados del otro partido.

Por otro lado, Obama nunca ha dicho que vaya a considerar vinculante la decisión del Congreso.

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Cuidado con mentar al lobby judío en el NYT

Alguien revisó anoche un artículo en The New York Times y los cambios no fueron inocentes. En la primera versión, había referencias muy claras a la presión que el lobby judío estaba realizando en relación a la decisión norteamericana de atacar o no Siria. Demasiado claras para lo que es habitual en el NYT:

«Fuentes de la Administración afirman que el influyente lobby proisraelí Aipac ya está presionando para que se produzca una operación militar contra el Gobierno de Asad, por el temor de que si Siria escapa de la respuesta norteamericana por su uso de armas químicas, eso podría animar a Irán a atacar a Israel en el futuro».

En el siguiente párrafo, otras fuentes del Gobierno llamaban a AIPAC «the 800-pound gorilla in the room», el elefante en la habitación del que nadie quiere hablar porque impone bastante respeto o miedo.

Mal, mal muy mal. Esa no es forma de referirse al lobby judío en el NYT.

El factor israelí ha aparecido en muchos artículos en la prensa norteamericana. Algunos ministros israelíes reaccionaron molestos ante la decisión de Obama de reclamar el apoyo del Congreso, y Netanyahu les llamó al orden rápidamente. El problema era armar mucho ruido, pero la preocupación existía. Si al final EEUU se echa atrás, ¿qué posibilidades hay, piensan los israelíes, de que al final se decida a atacar a Irán?

En el NYT tras la oportuna edición se cayeron la referencia al «gorila» y otras palabras (eso de ‘influyente’ y ‘presionando’ no tenían muchas posibilidades de pasar el corte), y se eliminó cierto contenido. Esa información proporcionada por las fuentes de la Administración desapareció misteriosamente.

En un artículo posterior, sí había una mención al lobby pero en un contexto diferente:

«Al mismo tiempo, Israel tiene un poderoso lobby en EEUU con apoyo de las dos fuerzas políticas y que cuenta con una posición única para ayudar a la Casa Blanca a aumentar su apoyo en el Congreso».

Todo tiene un aire más positivo. Nada de presión, que tiene una connotación negativa o amenazante. Se destaca que republicanos y demócratas apoyan por igual al lobby, que a fin de cuentas no está ahí para presionar, sino para «ayudar a la Casa Blanca».

El artículo sigue diciendo que no hay nada que demuestre que Israel intentará influir en el resultado de la votación en el Congreso. Para eso está AIPAC, pero ya sabemos que el lobby judío no presiona. El artículo lo ha dejado claro. Las fuentes del Gobierno debían haberlo imaginado todo.

Incluso así, no se puede negar que en ese segundo artículo del NYT aparece una referencia al lobby («powerful American lobby»), que no es tan habitual en ese periódico. Y otros medios han citado la importancia que tiene todo esto para Israel, en especial por el tema pendiente de Irán.

Aquí se incluye una explicación del periódico. En cualquier medio, los textos se editan, y hay jefes de por medio que pueden tener un criterio diferente a los de otros editores, pero el caso es que con las informaciones sobre Israel y el lobby judío en el NYT los cambios siempre van en el mismo sentido.

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El comodín de Hitler

Ante la duda, saca el comodín de Hitler y todas las dudas quedan solventadas. No es necesario que un político norteamericano se vea muy presionado para comparar a un dirigente de Oriente Medio con Adolf Hitler. A veces, como acaba de demostrar John Kerry, la campaña arranca con el símil en homenaje involuntario a la ley de Godwin.

El secretario de Estado norteamericano ha anunciado a los congresistas que estamos ante un «momento Munich» ante la decisión de votar o no a favor de la intervención militar en Siria. Munich es sinónimo del dilema entre plantar cara a un dictador o el apaciguamiento, el término con el que se identifica al primer ministro Chamberlain.

El catálogo de políticos que eran idénticos a Hitler, salvo el pequeño detalle del mostacho, es tan larga que cruza fronteras. Para los británicos, Nasser era el nuevo Hitler. Los norteamericanos vieron desde el principio a Jomeini como una amenaza casi idéntica. Arafat recibió el apelativo en unas cuantas ocasiones. Sadam Hussein fue el nuevo Hitler tantas veces que casi se convirtió en su apodo oficial. Ahmadineyad es otro Hitler redivivo, sobre todo desde que los israelíes no hacían más que insistir en la comparación. Si Netanyahu tenía que dar un discurso importante sobre el programa nuclear iraní, la comparación estaba garantizada. En realidad, Ahmadineyad era mucho peor que Hitler. ¿Osama bin Laden? Tres cuartos de lo mismo, hasta en su muerte.

Hablando de Bin Laden, una derivada contemporánea es denunciar que el enemigo colabora con Al Qaeda o está emparentado con ese grupo. Los sirios están recurriendo ahora a esa carta de inmensas posibilidades.

Y no sólo Oriente Medio. ¿Noriega, ese dictador panameño a sueldo de la CIA que decidió abrir tienda propia y enfrentarse a EEUU? Otro Hitler. Cuando Rumsfeld vio a Hugo Chávez, no le quedó ninguna duda.

La ironía definitiva es que también en la política norteamericana es un recurso muy extendido. Muchos ultras han comparado a Obama con Hitler y de qué manera. La tentación parece irresistible. Ahora que lo recuerdo, algunos aplicaron desde la izquierda el mismo tratamiento a George Bush.

De hecho, si eres un rival estratégico de EEUU y no te comparan con Hitler, debe de ser un bajón. No me toman en serio, pensará el malo.

¿Existe alguna posibilidad más de hacer el ridículo? Ya lo creo. Por ejemplo, acusar a Hitler en el símil de algo que no hizo. ¿Es posible? ¿Hay alguna forma de crimen de guerra o crimen de cualquier tipo que no probara el líder nazi aunque sólo fuera para matar el tiempo?

En una de las entrevistas a las televisiones que dio este domingo, Kerry llegó a decir que Asad «se une a Adolf Hitler y Sadam Hussein en la lista de los que usaron estas armas en tiempo de guerra».

Pues bien, existe un consenso general entre la mayoría de los historiadores en afirmar que Hitler nunca ordenó el uso de armas químicas en el campo de batalla (obviamente, se refieren a la guerra; no olvidan el uso del gas en los campos de concentración).

No importa que incidir en la comparación revele ignorancia o haya gente que desde hace tiempo considere que emplearla es contraproducente. El comodín de Hitler es la única carta que saben utilizar algunos políticos. Hasta en la propaganda hay clases.

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La guerra de Siria y el viejo orden de Oriente Medio

En mayo, Patrick Cockburn escribió Is it the end of Sykes-Picot?, y varios meses después el artículo continúa siendo uno de los mejores análisis sobre el balance de fuerzas en la guerra de Siria y la capacidad de este conflicto de desestabilizar a otros muchos países de la zona.

El artículo se inicia con el análisis de la percepción equivocada durante mucho tiempo, no sólo en Occidente, sobre la debilidad intrínseca del régimen de Asad y su final inminente, que en buena parte se debe a las imágenes que circulan en las televisiones y los ordenadores. No es sólo que todos esos vídeos de YouTube pueden ser o no reales, o haber sido subidos por activistas con sus propias prioridades. Ocurría algo similar, dice Cockburn, cuando no existía YouTube y los vídeos eran patrimonios de la televisión:

«Algunas de las dificultades en la información sobre la guerra no son nuevas. La televisión tiene una gran inclinación por el drama de la guerra, por las imágenes de misiles que explotan sobre las ciudades de Oriente Medio entre los destellos del fuego antiaéreo. Los periodistas de medios escritos no pueden competir con estas imágenes, pero raramente son representativas de lo que ocurre. A pesar de las famosas imágenes, Bagdad no fue fuertemente bombardeada en 1991 o 2003.

El problema es mucho peor en Siria de lo que lo fue en Irak o Afganistán (en 2001) porque las imágenes más impactantes de Siria aparecen primero en YouTube y, en su mayor parte, han sido subidas por activistas políticos. Aparecen en los informativos de TV con avisos de que la cadena no ha podido confirmar su veracidad, pero los espectadores asumen que la televisión no las daría si no pensara que son reales. Los testigos presenciales son aún más difíciles de encontrar, ya que incluso la gente que vive a unas pocas calles de los combates en Damasco consiguen la mayor parte de su información de Internet o la TV».

Cockburn explica luego cuál era la situación militar de la guerra en mayo. Al igual que otros muchos artículos, describe una situación de empate estratégico en el que ninguno de los dos bancos puede imponerse sobre el enemigo. Seis meses antes, el Gobierno se había retirado de algunas de las zonas en disputa para concentrarse en la defensa de los grandes centros urbanos y en las rutas que los comunican. Eso dio una sensación errónea de debilidad, que además olvidaba que el control de esas posiciones permitía al Ejército lanzar contraataques efectivos sobre puntos concretos.

«Asad no va a obtener una victoria total, pero la oposición no está en absoluto en disposición de derrocarlo», dice. Lo que entonces sostenía el periodista británico es compartido ahora por casi todos los análisis.

El pesimismo de Cockburn se acrecienta cuando explora el riesgo de que esta guerra desestabilice toda la zona. En primer lugar, hay que recordar que este peligro es citado de forma recurrente en comentarios realizados a cuenta de todas las guerras ocurridas en Oriente Medio. Es un poco como ese cliché periodístico que dice que «la próxima guerra en Oriente Medio será sobre el agua». Desde que alguien pronunció o escribió esa frase ha habido decenas de conflictos sangrientos allí, y siempre ha sido por cosas que poco tienen que ver con el agua (aunque, como todo lo relacionado con los recursos naturales, no sea un detalle irrelevante).

A diferencia del primer año de guerra, el conflicto sirio ha tenido una evidente vertiente exterior:

«Mientras tanto, los países extranjeros están ganando influencia con la ayuda de aliados locales, y al hacerlo los partidarios de los rebeldes están repitiendo el error que Washington cometió hace diez años en Irak. En los embriagadores días tras la caída de Sadam, los norteamericanos anunciaron que Irán y Siria serían los objetivos siguientes para el cambio de régimen. Fue un gesto de soberbia e ignorancia, pero la amenaza era lo bastante real como para que sirios e iraníes decidieran que, para impedir que los norteamericanos se lanzaran contra ellos, tenían que impedir que EEUU estabilizara su ocupación de Irak y por eso prestaron apoyo a los rivales de EEUU con independencia de si eran chiíes o suníes».

Es cierto lo que dice Cockburn, pero no hay que llevar el razonamiento hasta el extremo de afirmar que la guerra de Siria ha sido sólo un elemento patógeno introducido desde el exterior. Hay gente en la izquierda que insiste que esta guerra civil es poco menos que una invasión extranjera protagonizada por «mercenarios» y miembros de Al Qaeda. Curiosamente, es el mismo argumento que los neoconservadores y algunos de sus aliados del momento, como Tony Blair, sostuvieron durante años en relación a Irak. Lo que ellos llamaban la postguerra se había convertido en un desastre por culpa de la aparición de Al Qaeda y sus combatientes extranjeros procedentes de todo el mundo árabe. Los había, es cierto, pero la inmensa mayoría de los miembros de la insurgencia suní eran suníes iraquíes. Y otro tanto ocurre ahora en Siria.

La contaminación de la guerra en cualquier caso es un hecho. En Líbano, todo lo que ocurre en Siria tiene una gran influencia. Hizbolá necesita el apoyo del Gobierno sirio. Entre la coalición de partidos y movimientos que en la prensa aparece descrita como «prooccidental» (y en la que también por cierto hay grupos yihadistas suníes en la zona de Trípoli), se ve la guerra como una gran oportunidad para debilitar a Hizbolá y solventar en su favor la situación de empate político de la última década.

Arabia Saudí y Qatar prestan ayuda militar a los rebeldes mientras compiten entre ellos para favorecer a sus grupos favoritos. Los saudíes ven este conflicto como una forma de propinar un golpe decisivo a sus viejos enemigos, los iraníes.

Irán ha continuado con su apoyo a Damasco, su único aliado fiable en la zona en los últimos 30 años. Teherán teme que si cae Asad, será cuestión de tiempo para que norteamericanos o saudíes, o ambos, decidan poner fin al desafío persa que comenzó en 1979.

Irak ha visto reanudado en 2013 un ciclo de violencia que se había atenuado en los años anteriores. Las cifras de muertos dejan poco margen para la duda. «La revuelta de la mayoría suní en Siria ha hecho que la minoría suní en Irak crea que el equilibrio regional están girando en su favor», escribe Cockburn. Habría que añadir aquí que la confrontación habría sido diferente si el Gobierno de Maliki no se hubiera limitado a relacionarse con la minoría suní a través de las fuerzas de seguridad y la ley antiterrorista. Desgraciadamente, la relación entre chiíes y suníes funciona como una suma cero en varias naciones. Cualquier gesto en favor del otro se considera una resta del poder propio.

Cockburn apunta algo que ha escuchado con frecuencia en sus viajes a algunos de estos países. Es el final de la era de Sykes-Picot, en relación al acuerdo secreto de 1916 con el que los imperios británico y francés pactaron sus zonas de hegemonía en Oriente Medio, y que ha condicionado la historia de la zona desde entonces. El equilibro de poder establecido entre los países que surgieron del fin del imperio turco y de la Primera Guerra Mundial se rompió, dice Cockburn, con la invasión de Irak de 2003, y aún no se ha alcanzado el punto final de ese proceso.

No es que la situación anterior fuera un paradigma de estabilidad, y para comprobarlo sólo hay que echar un vistazo a todas las guerras producidas en Oriente Medio desde 1945. Y ese equilibro estaba basado en factores que tenían una fecha de caducidad, aunque fuera lejana en el tiempo, o que suponían una fuente permanente de inestabilidad: la guerra fría, dictaduras, países gobernados por minorías, la presión demográfica en sociedades con economías de subsistencia, la religión como herramienta de control utilizada por las fuerzas más reaccionarias, la ocupación de Palestina por Israel, el petróleo como cheque al portador para los grupos integristas…

Si es verdad, como dice Cockburn, que en Siria se disputan varios conflictos al mismo tiempo, las posibilidades de un final pacífico son más reducidas. Las guerras civiles condicionadas por los intereses de los países vecinos tienden a durar más de lo humanamente soportable. Es por eso que hay motivos para sentirse terriblemente pesimista.

Si hay un libro que recomendaría sobre el origen de todos los problemas de Oriente Medio tras el fin de la Primera Guerra Mundial es ‘A Peace to End All Peace’, de David Fromkin.

Foto: Soldados árabes de la Revuelta Árabe de 1916-1918.

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