El asalto a la casa de Toulouse acabó con la muerte a tiros de Mohamed Merah. Ahora empieza la tarea de intentar que no se vuelva a producir un hecho así. ¿Cómo frenar a un loco solitario? ¿Cómo impedir que un adicto a la yihad vuelva a un país de Europa Occidental y decida que todos sus compatriotas son sus enemigos mortales?
Al igual que en ocasiones anteriores, se ha desatado la alarma sobre lo que puede hacer un fanático que escape del control de la policía y los servicios de inteligencia. Habrá que ver qué sabía exactamente la policía de Merah y con qué frecuencia e intensidad fue vigilado durante años. Quizá hubo un grave error, pero no necesariamente. Muchos presuntos yihadistas son observados por los servicios de inteligencia durante un cierto tiempo y si no hacen nada que resulte especialmente sospechoso, la vigilancia se levanta para centrarla en casos más peligrosos.
Hoy se ha sabido de fuentes oficiales que no hay pruebas que demuestren que Merah participara en entrenamientos en campos organizados por Al Qaeda o grupos yihadistas en Afganistán o Pakistán, como se dijo en días pasados. Sí estuvo en ambos países. Esos campos terroristas no son clubes deportivos que acogen a todo el que se presenta a la puerta. No es tan fácil entrar si no tienes un contacto previo.
El fiscal del caso, François Molins, dijo ayer que el proceso de radicalización se inició cuando estuvo en prisión en Francia. «Nuestras prisiones no deberían convertirse en semilleros de adoctrinamiento (terrorista)», había dicho antes Sarkozy. Podrán aumentar la vigilancia pero no eliminar el riesgo. El Estado ni siquiera puede impedir que la droga circule en la mayoría de las cárceles, así que no sé cómo puede evitar que los presos hablen entre sí.
Después de haber dicho las palabras adecuadas en los días anteriores con el sentido del protagonismo que le caracteriza, Sarkozy no resistió la tentación de agitar el fantasma de la mano dura con la propuesta de encarcelar a todos aquellos que lean páginas web yihadistas. Cómo lo harán, no se sabe. Dudo de que puedan poner bajo vigilancia a todos los franceses. Contraponer, en palabras de Sarkozy, la «jungla» de Internet con la «Internet civilizada» a la que aspira el presidente es el típico truco barato del político que aspira a obtener titulares rápidos en época electoral.
El miedo a un loco solitario suele estar exagerado. Siempre es más peligroso cuando un terrorista o un criminal tienen detrás a una organización que los respalda.
Ramzi Yousef daba el perfil de terrorista que funcionaba por libre con contactos esporádicos con distintas organizaciones. Hizo explotar un coche bomba con 680 kilos de explosivos en el World Trade Center. Los daños no fueron menores: hubo seis muertos y un millar de heridos.
Su tío, Jaled Mohamed (KSM) organizó el secuestro de varios aviones y la voladura de las torres gemelas para Osama Bin Laden. La diferencia entre los dos atentados resulta obvia.
Un loco solitario es por definición muy difícil de atrapar antes de que cometa un delito. Sólo sus errores facilitaron su localización en cuestión de unos pocos días en una ciudad de más de 400.000 habitantes.
La propia definición de loco admite distintas interpretaciones en función del sujeto. Todo varía dependiendo de su origen, religión o posible motivación política. Muchos dijeron que el noruego Breivik sólo podía ser un enfermo mental para llevar a cabo tal carnicería. Y casi por definición impedir que alguien así mate a alguien en la calle es una tarea que está fuera del alcance de la policía.
Cuando un sargento norteamericano mata a 16 afganos los primeros análisis se preguntan qué pudo pasar por su mente para que alguien aparentemente normal, o con problemas no muy diferentes a los de otros militares, pudiera embarcarse en tal locura homicida. Con Mohamed Merah, lo inmediato es ponerlo en el mismo contexto de organizaciones terroristas. Y lo que olvidamos es que contra las segundas se puede luchar, pero contra un individuo solo no existe la seguridad absoluta.
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«The Islamist version of anti-Semitism has proven to be the most virulent and lethal», dice el editorial de The Jerusalem Post. Superando así, supongo, a la Inquisición española, los pogromos contra judíos en Europa Occidental en la Edad Media y en la Europa del Este en el siglo XIX, y el nazismo.