Hay muchas historias sobre peleas y conflictos entre los monjes de las distintas confesiones cristianas que regentan controlan la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén. Cada sala y peldaño están repartidos y el privilegio de limpiarlos se defiende con la ayuda de Dios o de los puños. El segundo método es mucho más persuasivo y nunca olvida el hecho incuestionable de que Dios ayuda a los buenos cuandos son más que los malos.
Las imágenes de arriba son de la iglesia de la Natividad en Belén, otro lugar «santo». Santo al modo de las cruzadas o de las guerras de religión. La pelea a escobazo limpio se produjo entre monjes armenios y grecoortodoxos.
En noviembre de 2008, la trifulca fue en el Santo Sepulcro en mitad de un acto religioso. Entonces, no fue con escobas sino a puñetazos.
Nada que no se pueda encontrar con facilidad en una lectura apresurada del Antiguo Testamento.
Cualquiera diría viendo el último anuncio de Ron Paul que se trata del típico candidato republicano solvente y tradicional. Todo lo contrario. Ya desde hace años la prensa decidió que un político conservador opuesto a las aventuras imperiales en el extranjero tras el 11-S sólo podía ser un demente.
Ya en 2008 lo trataron como a un asterisco, el toque de entretenimiento que acompaña a todas las primarias. Pero en una carrera como la actual que más parece un espectáculo circense, ¿por qué Ron Paul no iba unirse al grupo de equilibristas, tragasables y mujeres barbudas que nos han dado tantos momentos de diversión?
A la hora de establecer su propia versión de paleoconservadurismo, Paul no tiene que envidiar mucho a Gingrich, Perry y Bachmann. Patrón oro, eliminación de la Reserva Federal, sacar a EEUU de la OTAN… Paul odia las guerras de Bush y hasta quiere cargarse a la CIA, pero lo hace a través de un aislacionismo impracticable para un país del poder y las dimensiones de EEUU.
Cubir una contienda con tantos candidatos no es fácil, pero los medios de comunicación miden su grado de interés en función de los sondeos. Han ido dirigiendo su atención a todos los que durante un tiempo podían aspirar a la condición de ‘mejor candidato que no se llame Romney’. Una vez que la cobertura periodística y los ataques del resto de la manada coincidieron en destacar que la idea de Newt Gingrich como favorito era francamente mejorable, ya sólo quedaba disponible Ron Paul.
El último sondeo de Iowa –sus caucus se celebran el 3 de enero– tiene a Paul en primera posición con el 24%. Mitt Romney está segundo con el 20%. Por detrás van Gingrich, 13%, Michelle Bachmann, 11% y Rick Perry, 10%.
Iowa es un Estado pequeño, agrícola y religioso, en concreto evangélico (mal asunto para un mormón). El resultado de esa encuesta es muy bueno para Romney. Si con todo el plantel presente queda segundo con un 20%, muchos medios darán casi por terminadas las primarias antes de empezar.
Por otro lado, hace cuatro años Romney también fue segundo y con más votos, un 25%, y ni aun así ganó la candidatura.
La realidad es que Iowa es muy poco representativo (tiene un 40% de población rural) del comportamiento electoral de los norteamericanos pero como es la primera cita recibe una atención desproporcionada de los medios (aquí explican cómo empezó todo). Desde 1972 sólo tres personas han ganado la presidencia tras haber ganado los caucus de Iowa: Carter, Bush y Obama.
Desde 1988 varios de los vencedores en ambos partidos no llegaron a ser agraciados con el premio final de la candidatura. Entre esos ganadores frustrados, Gephardt y Dole en 1988, Harkin en 1992 (cuando Bill Clinton se quedó en el 2% porque ni compitió), o Huckabee en 2008.
En realidad, cualquier fracaso en Iowa puede compensarse de largo en New Hampshire. Iowa es importante si sus tendencias se ven confirmadas después en la segunda cita. En ese caso, se convierte en un uno-dos del que algunos candidatos no se recuperan. Es la forma que tienen unas largas primarias con una nutrida lista de candidatos en dejarlo todo reducido muy pronto a dos, a veces tres, aspirantes reales.
Ideológicamente, las primarias republicanas continúan en el camino trazado hace unos meses. Por más que muchos se quejen de que el partido tiene políticos de mucho más peso y entidad intelectual que el muestrario en oferta, lo cierto es que el mensaje conservador radical es el que se ha adueñado de los republicanos en el Congreso. Por más que como institución no sea muy popular –eso no es una novedad–, es la plataforma política más potente con la que cuenta el partido que no tiene la Casa Blanca.
Y en el Congreso está la nómina más amplia de titiriteros.
El vicepresidente iraní, Mohammad Reza Rahimi, ha amenazado con el bloqueo del estrecho de Ormuz si las sanciones internacionales impiden a Irán exportar su petróleo. En el apartado de amenazas, maniobras militares y avances en su programa nuclear, los iraníes cuentan con un extenso catálogo de alardes exagerados.
Pero mentar el estrecho de Ormuz pone a todo el mundo de los nervios desde hace décadas, en concreto desde la guerra de Irán e Irak.
Un pequeño ejemplo reciente. Hace dos semanas, los iraníes realizaron unas maniobras navales en el estrecho. Hubo alguna declaración altisonante de fuentes militares iraníes sobre el objetivo del ejercicio, que pretendía preparar el cierre de Ormuz.
Y luego se produjo el rumor (cuya fuente parecía estar en un periódico ruso). El estrecho había quedado efectivamente bloqueado.
El petróleo subió dos dólares en cuestión de minutos. No existía tal bloqueo y la situación del mercado se fue regularizando.
Mejor no imaginarse lo que ocurriría si la noticia no fuera falsa.
El último recuento de víctimas en Irak llega a 63 muertos y 176 heridos. Han sido doce explosiones diferentes, todas ellas con coches bomba y a primera hora de la mañana, en plena hora punta. En los últimos meses ha habido otros atentados indiscriminados, pero es difícil no relacionar la matanza de hoy con la recuperación del conflicto sectario entre suníes y chiíes.
El vicepresidente, Tariq al-Hashimi, se ha refugiado en el Kurdistán iraquí tras saber que el Gobierno ha emitido una orden de detención contra él. El primer ministro Maliki exige su entrega. Todo ese caso es bastante sospechoso –se basa en la supuesta confesión de miembros del equipo de seguridad del vicepresidente– porque se produjo en paralelo a la decisión del partido laico (aunque mayoritariamente suní) Al Iraqiya de abandonar el Parlamento.
La duda es si Maliki ha abandonado cualquier intención de compartir el poder con partidos no chiíes y si está se preparando para llevar el conflicto sectario hasta el final. Tiene en su mano el control de las fuerzas de seguridad, pero eso no impedirá que grupos radicales suníes respondan con el terror.
Según un análisis en Al Akhbar, el drama de Irak es que la mayoría de los partidos están controlados por sus dirigentes más sectarios, más dispuestos a que la lucha por el poder pase por el sometimiento completo del adversario. Los enemigos son espías de los iraníes o terroristas de Al Qaeda. En ambos casos, el diálogo es una quimera. Y no hay contrapesos democráticos ni instituciones con la fuerza suficiente para imponer reglas del juego civilizadas.
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Un reportaje de la PBS norteamericana sobre la actual crisis iraquí.
Y no ha sido ni prudente ni del mínimo nivel exigible la primera reacción del PSOE ante los nombramientos. Eso de que el Gobierno no es paritario es una simpleza. Y el recordatorio de que Luis de Guindos trabajó en Lehman Brothers, una pobreza. ¿No hay nada más que decir?
Mariano Rajoy no ha dado ni una sola conferencia de prensa desde que ganó las elecciones. La victoria electoral no fue motivo suficiente para romper esta falta de transparencia. Tampoco el anuncio de los integrantes de su primer Gobierno. Juan Varela:
El silencio no es sabiduría ni cautela. Hay un tiempo para la reflexión y las decisiones, y otro para comunicarlas y explicarlas. Los ciudadanos tienen derecho a saber las razones de su gobierno y su presidente. Cuando Rajoy no contesta a los periodistas, no los castiga a ellos, enmudece ante los ciudadanos y les oculta información de primera necesidad.
Es un pésimo estreno para Rajoy y un aviso de lo que se puede esperar de sus promesas de transparencia. Confiemos en que el nuevo presidente no crea que el deber de informar a los ciudadanos empieza y acaba en el BOE.
Esta es la encuesta que los dirigentes del PSOE deberían tener muy presente a la hora de elegir a su nuevo líder y preparar la tarea de oposición en el Parlamento. 19 meses después de las elecciones, los británicos continúan culpando más a los laboristas (por el Gobierno de Gordon Brown) de la crisis económica que a la actual coalición de conservadores y liberales demócratas.
Aún más. La pregunta no se refiere a la crisis en general, sino al recorte de gasto público, que obviamente ha sido aplicado por el Gobierno de David Cameron, no por la oposición. Y en el último año, la variación en las respuestas ha sido mínima. Por eso, en los debates parlamentarios Cameron no cesa de hacer referencias a la herencia recibida. No lo haría si las encuestas le dijeran que ese argumento no funciona en la opinión pública.
Los laboristas han fracasado en una de las principales misiones de un partido en la oposición: hacer al Gobierno responsable de sus decisiones. Parece una tarea sencilla. En la práctica, no lo es tanto.
Tienes que contar con la influencia de la prensa. Aunque el líder político no incida en ese argumento constantemente, las opiniones que aparecen en columnas y análisis lo harán. Algunos dirán que la capacidad de los periódicos de incidir en la agenda diaria no es la que existía en el pasado. Quizá sea cierto, no tanto hasta el extremo de que sea irrelevante.
La elección del nuevo equipo dirigente es un factor esencial. Tras el paréntesis de Alan Johnson, Ed Miliband eligió a Ed Balls para que llevara la cartera económica en el ‘gabinete en la sombra’. Los conocimientos de Balls sobre economía están fuera de toda duda. Lo mismo se puede decir de su carácter de perro de presa parlamentario. No tiene que intervenir para poner de los nervios a Cameron (el Congreso español es una cámara mortuoria comparado con la jarana habitual en la Cámara de los Comunes).
Sin embargo, Balls era el principal consejero de Gordon Brown cuando este era ministro de Hacienda. Al llegar Brown al 10 de Downing Street, Balls recibió la cartera de Educación, pero continuó siendo el político en el que Brown más confiaba. Cuando los británicos ven a Balls están recordando a su antiguo jefe, símbolo del fracaso y del hundimiento económico del país.
Y eso a pesar de que nadie osa citar el nombre de Brown. No es como en España donde el PSOE olvida que las referencias elogiosas a Zapatero sólo conseguirán que los votantes huyan despavoridos, aunque no tengan nada que ver con la economía.
Un partido no puede ajusticiar a toda una generación de dirigentes tras una derrota electoral. Al preparar una renovación, muchos voces reclaman que no se vaya demasiado lejos. Incluso así, al elegir a sus nuevos líderes, el PSOE debe tener muy presente que optar por políticos que han estado en primera línea en el Gobierno anterior sólo sirve para colgarse de la espalda una carga que le acompañará durante mucho tiempo.