Los liberales egipcios no quieren bajarse del tanque

Un punto de vista interesante sobre los liberales egipcios, no los dirigentes, sino la gente a la que en cierto modo se podría definir como la élite de las clases urbanas egipcias y que aparentemente ha renunciado a sus ideas al apoyar el golpe de Estado contra los Hermanos Musulmanes en Egipto:

«Dudo de que sea el único entre la gente interesada en Egipto en estar perplejo por los dramáticos cambios ocurridos en las últimas semanas entre la gente que conozco. Me refiero a la gente que solía tener puntos de vista liberales, decía creer en la democracia y las libertades normales y respetaba el trabajo de los activistas de derechos humanos. Muchas de estas personas tienen estudios, han viajado al extranjero y sabían que Egipto tiene graves problemas de gobierno desde la base: corrupción, despilfarro, nepotismo, negligencia y falta de responsabilidad. La inmensa mayoría de ellos apoyaron la revolución de 2011 contra Mubaraj y deseaban un nuevo comienzo con el que poner en práctica sus ideales y solucionar algunas de las deficiencias que eran parte del legado del Mubarak».

Jonathan Wright continúa diciendo que estas personas se han convertido en un grupo reaccionario e intolerante que apoya ciegamente al Ejército, que reclama el cierre de los medios de comunicación que ahora están en la oposición, y que rechaza indignado las críticas que llegan del exterior. «No queremos vuestra democracia», es una respuesta habitual entre ellos.

Es algo más que la visión circunstancial de una persona concreta y se puede encontrar en otros testimonios. Hay pocos más significativos que el del escritor Alaa Al Aswani, el autor de esa gran novela que es ‘El edificio Yacobián’. Siempre fue muy crítico con el régimen de Mubarak y también con la pasividad de la sociedad egipcia al aceptar de forma sumisa la conculcación de sus libertades. «La democracia es la solución» era la última frase con la que terminaba todos sus artículos.

En un relato publicado esta semana, Al Aswani pone voz a los animales del zoo de El Cairo, situado cerca de uno de los lugares donde los islamistas están acampados en protesta contra el golpe. El artículo es básicamente una petición al hombre fuerte del país, el general Al Sisi, para que acabe con esa concentración sin importar la violencia que haya que utilizar. Los animales describen cómo los islamistas torturan a la gente y mutilan los cadáveres de sus víctimas porque son «criminales» y «salvajes». Lo único que ha impedido a Al Sisi cumplir el mandato que le ha concedido el pueblo egipcio, dice el escritor a través de un babuino, es la presión de EEUU, que protege a los Hermanos Musulmanes.

Y Al Aswani acaba su reclamación de poner fin a tiro limpio a las manifestaciones islamistas con el corolario: «La democracia es la solución». Y no parece que sea un chiste.

Si este es el nivel del debate entre los liberales egipcios, no es extraño que continúen apareciendo en la prensa, de propiedad privada pero ahora partidaria del nuevo Gobierno, comparaciones de Morsi con Hitler, una campaña contra el próximo embajador de EEUU en El Cairo, al que se acusa de promover escuadrones de la muerte en Siria contra el Gobierno de Asad y otras lindezas, y ataques a Mohamed ElBaradei, que apoyó el golpe, pero que ha intentado que la crisis termine sin violencia.

Lo que en Egipto llaman ‘el Estado profundo’ –en otras palabras, las estructuras de poder del régimen de Mubarak ahora ya sin el dictador– cuenta ahora con la complicidad de muchos liberales. Están dispuestos, como Al Aswani, a acabar con las libertades para defender la democracia, una mezcla confusa que no puede acabar bien. Es difícil defender la democracia subido en la torreta de un tanque.

Foto: Flickr de Ganzeer.

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Una foto de Vietnam

Un Zippo de un soldado norteamericano en Vietnam.

Encontrado en una cuenta de Twitter muy interesante: Historical Pictures.

Soldados alemanes viendo imágenes de los campos de concentración tras el fin de la guerra.
Fidel Castro con unos niños en su visita a Nueva York en 1959.
Un soldado australiano y su mascota, junto a las pirámides en 1914.
–Las cataratas del Niagara, congeladas en 1911.
–Un descanso en la construcción de un rascacielos.

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Hiroshima

La sombra dejada sobre la piedra de una víctima de Hiroshima hoy hace 68 años.

El mejor testimonio: el libro ‘Hiroshima’, de John Hersey.

Comienza así:

«AT exactly fifteen minutes past eight in the morning, on August 6th, 1945, Japanese time, at the moment when the atomic bomb flashed above Hiroshima, Miss Toshiko Sasaki, a clerk in the personnel department at the East Asia Tin Works, had just sat down at her place in the plant office and was turning her head to speak to the girl at the next desk. At that same moment, Dr. Masakazu Fujii was settling down cross-legged to read the Osaka Asahi on the porch of his private hospital, overhanging one of the seven deltaic rivers which divide Hiroshima; Mrs. Hatsuyo Nakamura, a tailor’s widow, stood by the window of her kitchen watching a neighbour tearing down his house because it lay in the path of an air-raid-defence fire lane; Father Wilhelm Kleinsorge, a German priest of the Society of Jesus, reclined in his underwear on a cot on the top floor of his order’s three-storey mission house, reading a Jesuit magazine, Stimmen der Zeit; Dr. Terufumi Sasaki, a young member of the surgical staff of the city’s large, modern Red Cross Hospital, walked along one of the hospital corridors with a blood specimen for a Wassennann test in his hand; and the Reverend Mr. Kiyoshi Tammoto, pastor of the Hiroshima Methodist Church, paused at the door of a rich man’s house in Koi, the city’s western suburb, and prepared to unload a handcart full of things he had evacuated from town in fear of the massive B29 raid which everyone expected Hiroshima to suffer.»

Y así apareció en la revista.

‘Things Left Behind’ es un documental con las fotografías de Ishiuchi Miyako de los objetos dejados por las víctimas de la bomba.

–Fotogalería The Atlantic. World War II: The Fall of Imperial Japan.
Las imágenes prohibidas de Hiroshima. Guerra Eterna.
Why Hollywood ignores Hiroshima. The Guardian.

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La salvación de The Washington Post

Jeff Bezos, no Amazon, ha comprado The Washington Post. Ni siquiera toda la empresa que lleva ese nombre, sino sólo el periódico. El fundador de Amazon ha sentido pena por el futuro imperfecto de una de las cabeceras periodísticas más importantes de EEUU y ha desembolsado 250 millones de dólares (en efectivo) en la compra.

Es una compra oportunista en el sentido de que parece ser producto de una serie de circunstancias. Sencillamente, el diario estaba en venta, aunque de forma muy discreta. El fundador de Amazon es un buen amigo de Katharine Weymouth, que continuará siendo la consejera delegada y editora del periódico.

Por una cantidad de dinero que debe de ser casi diminuta para alguien cuya fortuna se eleva a 25.000 millones, Bezos aumenta su influencia en los asuntos públicos de una forma exponencial. Ahora que también en el Congreso cada vez se oyen más protestas por la ingeniería fiscal que practican multinacionales como Amazon, Google o Apple, ser el dueño del periódico de la capital supone un plus nada desdeñable.

Si bien el Post es un periódico con un perfil ideológico marcado, progresista dentro del debate político norteamericano, su sección de opinión está mucho más a la derecha en algunos asuntos. Tanto el dueño como aquellos que estén interesados en conseguir su apoyo tienen un campo en el que jugar.

Para el periódico, su personal (excepto el corresponsal en Pekín) y sus lectores (bueno, ya veremos si es cierto en este último punto), se trata de una muy buena noticia, aunque sólo sea por un detalle. Amazon, obviamente por influencia de Bezos, es famosa por ajustarse a su estrategia de expansión sin importarle demasiado lo que piense su accionista. ¿Dividendos? Eso es para perdedores. ¿Beneficios? No hasta que hayamos crecido hasta el nivel que pretendemos. Eso suena perfecto para un negocio condenado a las pérdidas y que, en el caso del Post, ya no cotizará en Bolsa. Se ahorrarán el sofoco de ver caer el precio de la acción.

The Guardian es un gran periódico y pierde dinero a chorros (es decir, por valor de decenas de millones anuales de libras). The Times es otro gran periódico y sus pérdidas son aún mayores. Cada empresa es una historia diferente, pero en EEUU y Europa Occidental no hay otra alternativa. Los grandes periódicos no pueden ya sobrevivir económicamente por sí solos a menos que formen parte de un gran imperio empresarial que pueda sostenerlos durante un periodo de tiempo indefinido. Las empresas familiares que los sostuvieron a lo largo del siglo XX, excepto los Sulzberger en el NYT, tiraron la toalla hace tiempo.

No hay estrategia digital o revolución en Internet que pueda dar la vuelta a esa situación.

Quizá el único modelo de negocio para la prensa que quede en pie sea vivir del bolsillo inagotable de un multimillonario en EEUU. ¿Parece poco edificante? Así empezaron todos esos grandes periódicos y ahora ha llegado el momento de volver a la casilla de salida.

Eso sí, los que no encuentren a un mecenas lo van a tener realmente difícil.

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Cómo hace negocios la familia real saudí

Un juicio en Londres, que comenzará en enero de 2014, ha deparado este diálogo revelador sobre cómo hace negocios la familia real saudí y qué puede ocurrir con aquellos que no siguen sus instrucciones. La transcripción de la conversación fue aportada por el empresario Faisal Almhairat que se enfrenta en la demanda al príncipe Abdulaziz bin Mishal bin Al Saud, hijo de Mishal bin Abdulaziz Al Saud, hermano del rey Abdulá, ministro de Defensa en los años 50 y probablemente uno de los hombres más ricos del país.

Los dos príncipes alegaron que tenían inmunidad ante un tribunal británico, pero su recurso fue rechazado.

«Príncipe Abdulaziz: X nos ha hablado de la conversación que tuviste con él. No estoy contento.

Faisal Almhairat: Siento oír eso.

Príncipe: Faisal, pensaba que eras un hombre inteligente y que conocías tu posición. No hay que explicar nada más. Sin embargo, parece que tengo que gastar más tiempo explicándotelo.

Almhairat: Sólo pregunté a X por qué debíamos hacer negocios con Hizbolá.

Príncipe: Faisal, escúchame con atención. Sólo lo contaré una vez.

Almhairat: Sí, Alteza.

Príncipe: Hacemos negocios con quien queramos, sea con Hizbolá, la mafia o incluso los judíos. Lo importante es que tú pongas en práctica las órdenes que recibas sin cuestionarlas. Ni siquiera tu rey plantea preguntas. ¿Quién coño eres tú para plantear dudas sobre mi negocio? Cuando trabajas para nosotros, es un compromiso para toda la vida. Aceptaste obedecernos y a cambio recibes nuestra protección.

Ten la seguridad de que si te quitamos nuestra protección, tú y toda tu familia estaríais muertos un segundo después. Sólo hay una lección que debes comprender. Haz lo que se te diga. De lo contrario, alguien dejará tu cabeza a mis pies.»

Es difícil subestimar el sentimiento de impunidad con el que se mueve la familia real saudí, en especial si hablamos de los niveles superiores de la élite en los que se mueve el príncipe que aparece en este diálogo. Hacer negocios con Hizbolá puede sonar algo incongruente a causa del desprecio de los saudíes hacia los chiíes, pero no lo es tanto si hay dinero de por medio y dos intereses comunes: blanquear dinero en el caso de Hizbolá y cobrar la millonaria tasa correspondiente por sus servicios en el caso del príncipe saudí.

Otra noticia reciente que tiene que ver con Arabia Saudí: un blogger ha sido condenado a siete años de prisión y 600 latigazos supuestamente por sus comentarios ofensivos hacia el Islam.

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Contra el patriotismo de los tercios de Flandes

Gibraltar, esa mala película en blanco y negro con guión que sabe a historia gastada y personajes con el mismo discurso de años atrás, vuelve a nuestras pantallas. En los diálogos regresa el estilo altanero de las autoridades (se acabó el «recreo», dice García-Margallo, al que, con este lenguaje, es difícil asignar la condición de jefe de la diplomacia).

Se repiten las amenazas a los 30.000 gibraltareños, mientras se ignora a Londres en un gesto torticero que obvia que la Roca no puede sobrevivir sin la ayuda británica. Es un truco tan malo que sólo puede engañar a los que quieren ser engañados, a los que es fácil llenar el buche con cuatro gramos de patriotismo de hojalata. Todas esas injusticias que supuestamente se cometen en Gibraltar exigirían alguna respuesta firme y hasta agresiva contra Londres, pero en ese punto los golpes en el pecho se convierten en ademanes en el aire.

Se invoca la soberanía sobre esos 6,8 kilómetros cuadrados perdidos hace tres siglos, mientras la soberanía sobre la política económica perdida en los últimos tres años queda aparcada como un simple fenómeno inevitable del que ni siquiera es lícito ya quejarse, no sea que te traten de loco. Por el contrario, invocar los términos estrictos del Tratado de Utrecht resulta ser un símbolo de modernidad.

Una vez más, el hidalgo arruinado que salta con fiereza cuando se cuestiona su honor, cuando ni siquiera sabe si podrá llenar su estómago por la noche.

Margallo cuenta una historia confusa sobre derechos de los pescadores, legislación medioambiental y aguas jurisdiccionales para desmentirse de inmediato al decir que la suya es una cuestión de principios, no una represalia. Quizá porque se ha referido antes a «una medida extrema como arrojar bloques de hormigón con pinchos que destruyen los caladeros», que es exactamente lo que unos años antes hizo España en aguas cercanas.

En el camino quedan indefensos los intereses de los trabajadores españoles a los que el Gobierno español renuncia a defender. Pende sobre los que trabajan en Gibraltar, y que proceden de una de las provincias del país con mayor índice de paro, el riesgo de que les sea imposible acudir a sus puestos, por no hablar de una especie de impuesto revolucionario que Margallo deja caer de pasada al referirse a la posibilidad de imponer «una tasa de 50 euros para entrar y 50 euros más para salir» de la Roca. No sabemos si sólo a los gibraltareños o también a las españoles que entren y salgan de allí. España es muy capaz de estrangularse para que los demás sepan hasta qué punto estamos molestos con ellos.

Ya sabemos el extraordinario éxito que tuvo la decisión franquista de instalar una verja. Para denunciar la existencia de una frontera colonial, se erigió una frontera real, que tuvo como principal efecto reforzar la dependencia gibraltareña de Londres. Ahora Margallo quiere añadir a ese obstáculo una ‘verja fiscal’, porque por arte de magia lo que antes resultó contraproducente para los intereses españoles ahora será sumamente beneficioso.

Enarbolar la bandera para que la gente deje de prestar atención a los SMS de Rajoy a Bárcenas es una táctica condenada al fracaso, pero servirá para mantener ocupados en agosto a los periodistas de cámara. Ya lo hicieron en 2009 cuando lo que llamé la «España peronista» se puso verde de ira al ver a Moratinos visitando Gibraltar. Traición, gritaron. Las portadas clamaron contra el fin de «tres siglos de firmeza anticolonialista», lo que era toda una broma de dimensiones épicas porque uno se pregunta qué podría contarse de la historia de España desde el siglo XVI si hubiera que ocultar su ‘firmeza colonialista’ en varios continentes.

Lo que para nosotros es un recuerdo de un orgulloso pasado, en los otros se considera sólo una mancha anacrónica en su honor. La historia juega estas malas pasadas a aquellos que se envuelven en la bandera para ocultar que por debajo sólo llevan unos calzones sucios y agujereados. Y al frotarse con ella lo único que consiguen es llenarla de lamparones y de un olor insoportable.

14.00

La Comisión Europea recuerda algo obvio. Los controles en la frontera tienen que ser proporcionados. El hecho de que Gibraltar no forme parte del espacio Schengen no justifica represalias que provocan colas de más de cuatro horas en el paso para entrar o salir de la Roca.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Cómo se hizo ‘Ciudadano Kane’.

–Cómo Hollywood ayudó a los nazis.
–¿Por qué todas las películas de Hollywood pierden dinero?
–Una visión crítica de ‘El padrino’.
Los carteles de las películas no suelen ser un prodigio de originalidad.
–Una frase para la década: «Machete don’t tweet».
–Las dos muertes de John Wilkes Booth.
Los payasos siempre han dado miedo.
–Napoleón tenía miedo a los gatos.
–Lo que hacen los osos cuando no miras.
–Una réplica de la torre Eiffel en China. De 107 metros de altura.
–El desastre de las infraestructuras de EEUU.
–Esta noticia da para una película: The Secret Alleged Sex Scandal Behind The Mysterious Arrest Of A Utah Sheriff’s Deputy.

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Fíate de Obama y de la NSA

No es extraño que Bruce Schneier diga que no podemos fiarnos de lo que digan las autoridades norteamericanos sobre el espionaje de la NSA.

«Tanto el Gobierno como las grandes empresas se han rodeado de tanto secreto que resulta imposible verificar lo que dicen. Una revelación tras otra demuestran que nos han mentido de forma constante y que sólo han dicho la verdad cuando no les quedaba otra alternativa. (…)

Ronald Reagan dijo una vez «confía pero verifica». Sólo funciona cuando podemos verificar. En un mundo en el que todos nos mienten, no nos queda más que confiar ciegamente, y no tenemos razones para creer que nadie se merezca esa confianza. No es extraño que la mayoría de la gente esté ignorando esta historia (la del espionaje de la NSA conocida gracias a Edward Snowden). Hay demasiada disonancia cognitiva como para intentar afrontarla». 

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La venganza contra Bradley Manning

Para analizar la condena a Bradley Manning, conviene echar la vista atrás (2007) y ver cómo acabó la investigación judicial en relación a los dos mandos militares más directamente responsables de lo ocurrido en la prisión de Abú Ghraib. Me refiero al coronel Thomas Pappas y al teniente coronel Steve Jordan, jefes de la unidad de inteligencia militar asignada a la prisión, que además tenían en la práctica el mando operativo de casi todos los policías militares destinados en el edificio.

Pappas recibió inmunidad a cambio de su poco incriminadora declaración, además de una amonestación y una multa por valor de la mitad de su salario durante dos meses. La inmunidad era a cambio de su testimonio en el juicio de su subordinado. Jordan fue absuelto, entre otras cosas por el poco interés de la fiscalía en condenarlo, y sólo recibió una amonestación.

Los policías militares que se fotografiaron con los presos torturados no tuvieron tanta suerte.

No pensemos que la falta de pruebas y la habilidad para cargar todas las culpas sobre los de abajo son los factores que explican que Pappas y Jordan salieran con bien. Ejemplos de la impunidad sobre lo ocurrido en Irak y Afganistán hay muchos.

En 2005 un grupo de marines asesinó en Haditha, a 24 civiles iraquíes, hombres, mujeres y niños en venganza por una emboscada anterior en la que había muerto uno de los suyos. Entre las víctimas había ocho niños y un anciano de 76 años que estaba en una silla de ruedas.

Al final, sólo se llevó a juicio a un militar, el sargento Frank Wuterich. En la vista, otro sargento declaró cómo Wuterich había disparado casi a quemarropa a los ocupantes de un coche: «El sargento Wuterich se me acercó y me dijo que si alguien preguntaba, (dijera que) los iraquíes estaban huyendo del coche y que el Ejército iraquí les había disparado».

La fiscalía retiró la acusación de homicidio. Wuterich sólo fue condenado a una pena por un delito menor, que le supuso la pérdida de rango y una multa.

La justicia militar en su más nítida expresión a la hora de juzgar crímenes de guerra.

Con Bradley Manning, no ha habido misericordia, como tampoco la hubo en su reclusión, porque la información aportada por él ponía en peligro la necesidad imperiosa del mando militar de encubrir esos crímenes en las guerras. La condena puede suponerle una pena de hasta 130 años de prisión, si se suman todas las acusaciones ya convalidadas por el tribunal.

A pesar de esa cifra, no será una condena a cadena perpetua porque ha sido absuelto del delito de colaboración con el enemigo. Eso es lo que se han apresurado a destacar muchos medios de comunicación, digamos que en defensa propia. Si Manning hubiera sido castigado por eso, ¿qué habría que hacer con los periodistas norteamericanos que publicaron las revelaciones hechas posibles por la información facilitada por el acusado? Ser periodista no es un eximente en el caso de este delito.

Un dirigente de Al Qaeda podría aprender muchísimo sobre el funcionamiento de los militares de EEUU leyendo el New York Times en su tableta. La conexión 3G le costaría más que la suscripción. Condenar a Manning por ese delito era un desafío al sentido común, incluso para un tribunal militar.

La sentencia es un aviso nítido para todos aquellos militares norteamericanos destinados a futuras guerras. De una manera u otra, los Pappas, Jordan y Wuterich se libran por horrendos que sean sus crímenes. Por el contrario, los Manning recibirán el castigo más duro en forma de una condena a 20 o 30 años de prisión.

La guerra es realmente una licencia para matar. No se puede permitir que nadie vulnere ese contrato.

Está claro que Edward Snowden hizo muy bien en salir huyendo de EEUU, aunque hay gente que piensa, sin asomo de ironía, que debería inmolarse si no encuentra un país inmaculado en el respeto a los derechos humanos que le pueda dar refugio.

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Vender periódicos

Una catástrofe, un accidente o una guerra son acontecimientos que ponen a prueba tanto la capacidad de trabajo de una redacción como la paciencia de sus lectores o espectadores. Estos últimos siempre quieren la mayor información posible, pero también con el máximo rigor. Ambos requisitos no deberían ser contradictorios pero en el mundo real la gente comete errores. No todos son  iguales, evidentemente.

Los riesgos se multiplican en las primeras horas posteriores a la noticia. En la noche del accidente de tren en Santiago, muchas personas echaban de menos en Twitter a CNN+, sentimiento acentuado por la escandalosa inactividad del Canal 24 Horas de TVE.

En el primer caso, no pude por menos que recordar lo que CNN+ hizo inmediatamente después del accidente del avión de Spanair. Seamos caritativos y digamos que esa redacción tuvo momentos mucho mejores y muy pocos que fueran peores. Su presentador sufrió en esos momentos una insoportable soledad, casi abandonado a su suerte ante la cámara. La realidad es que tú puedes decidir que vas a hacer una cobertura permanente de esa noticia, pero si no tienes los medios necesarios ni estás preparado para esta contingencia, terminas colocando a tus periodistas ante una situación imposible: aguantar la emisión en directo sin información es una misión condenada al desastre.

Poco después de una tragedia como la de Spanair o el Alvia, no es raro que las autoridades no sepan exactamente qué ha ocurrido, y mucho menos por qué. Los periodistas, aún menos.

La radio lo tiene técnicamente más fácil (por eso un consejo que funciona en televisión ante una cobertura en directo es que si no puedes hacer televisión, haz radio), pero también cuenta con reporteros habituados a esas situaciones y con un valor encomiable para coger el micro y lanzarse a contar la historia. Es cierto que a veces el valor te lleva a meterte en jardines que al poco se tornan en selvas impenetrables. No hay medio de comunicación que no cuente con un talón de Aquiles que se manifiesta precisamente en los momentos más delicados.

Este domingo hemos podido apreciar en varios periódicos un esfuerzo extraordinario y de calidad por contar muchas de las historias que están detrás de la tragedia de Santiago. Es un trabajo que sólo puede hacer a ese nivel de profundidad la prensa. En estos casos, se cumple además la máxima de que cada día que pasa, la información de un hecho como este mejora (con las excepciones ya conocidas).

Si hay un argumento especialmente idiota a la hora de valorar el trabajo de la prensa, es ese que dice que, al elegir fotos, titulares y artículos, lo único que se pretende es vender más periódicos. Si hay un medio en que la inmensa mayoría de su personal desconoce el impacto directo en ventas de sus decisiones es la prensa. No ocurre así en televisión e Internet.

No he oído nunca a nadie elegir una foto y comentar que se iban a vender más ejemplares en el quiosco gracias a esa imagen. Hubiera sido un comentario estúpido. Todo el mundo parte de la idea de que tras una tragedia con muchos muertos es muy probable que se vendan más periódicos, incluso con independencia de la calidad de la información.

La gente ha desarrollado un sensibilidad especial en relación a la elección de las imágenes, especialmente si van en portada del periódico. Quizá siempre la ha tenido, pero sus quejas raramente llegaban a oídos de los periodistas. Ahora con Internet y las redes sociales está claro que el mensaje llega. Creo que La Voz de Galicia se equivocó al dar en portada una imagen tan gráfica de los heridos. Ningún lector se puede escapar de la primera página, y esa imagen es una bofetada que quizá muchos de sus lectores no podían soportar. Otras fotos podrían haber cumplido esa función sin llegar tan lejos.

No estoy de acuerdo con los que dicen que debería estar prohibido dar imágenes de heridos o de sus familiares. La labor del periodista es registrar lo que ocurre en la calle y no se puede reflejar el dramatismo de una noticia como esta sin imágenes y contenidos terribles. Ocurre lo mismo con la cobertura de las guerras.

Apelar a la crítica al morbo es completamente inútil. Al igual que con el concepto de mal gusto, el morbo significa cosas distintas para personas diferentes. Con esa palabra sucede lo mismo que con esa famosa frase de un juez norteamericano sobre la pornografía que se cita tanto: no sabría definirla pero cuando la encuentro la reconozco de inmediato. Al final, es una opinión subjetiva que no sirve de nada a un periodista. No hay ningún termómetro de morbo que te permita saber hasta dónde puedes llegar.

El kilometraje es fundamental. Si la catástrofe ocurre en tu ciudad o tu país, debes controlarte más que si ha sucedido en un país lejano. No puedes aplicar el mismo baremo.

Por definición, un periódico sensacionalista no tiene más límites que el Código Penal, y a veces ni eso. Los periódicos que no lo son deben tener además otros criterios propios e intentar aplicarlos.

La clave siempre es saber si un artículo o una imagen aportan información relevante. Si los medios de comunicación pretendieran rebajar el dramatismo de una desgracia eliminando todas las imágenes de heridos, estarían mintiendo, e incluso se podría sospechar que lo hacen para favorecer a alguien (habitualmente, las autoridades). No hay dos fotos iguales y en muchas ocasiones hay posibilidades de elegir entre una imagen y otra, con lo que el dilema no es tan complicado.

Por dar un ejemplo, hace un par de días, preferí no dar una foto similar a esta (el rostro ensangrentado del conductor del tren) porque el corte era un primer plano. No hubiera tenido ningún problema en dar esta, porque el plano está más abierto y desde luego aporta información. Es importante saber que el conductor también resultó herido.

Son todas decisiones discutibles en la que es cierto que, ante la duda, es mejor quedarse corto que pasarse. En cualquier caso, quien no quiera ver imágenes dramáticas de un hecho dramático no debería comprar un periódico. No están hechos para la gente que quiere que le protejan de la realidad.

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