
Si teníamos alguna duda de por qué Rubalcaba iba alternando su estilo de oposición al Gobierno (lunes contemporizador, martes cabreado, miércoles dialogante…), Felipe González nos ha despejado la incógnita. El ex presidente del Gobierno y probablemente algunos más dirigentes más de su generación son los que están presionando al líder del PSOE para que no desfallezca en sus intentos de tender puentes hacia Rajoy y no acepte la oposición dura y sin contemplaciones que le están pidiendo desde otros sectores del partido. En su entrevista de hoy con El País:
No tiene nada que ver con los Pactos de la Moncloa, pero hay más razones incluso que entonces para hacer una política de consenso nacional. El consenso nacional significa acordar lo que hay que hacer. Y eso exige empezar por un relato de qué es lo que hemos hecho mal y cómo lo corregimos. Y de qué es lo que está haciendo mal Europa y qué cantidad de influencia ponemos sobre la mesa para corregir esa desviación europea. ¿Eso se tiene que hacer por consenso entre todos los actores? Sin duda alguna.
González afirma que hay que reconocer los errores cometidos por gobiernos anteriores, y eso afecta a los dos partidos (por los gobiernos de Aznar y Zapatero). Curiosamente, la responsabilidad acaba ahí y no llega hasta su época. Cuenta con la ventaja de que la Alemania de Kohl no era la de Merkel, pero llama la atención que no acepte que los problemas de la construcción europea provienen de mucho antes de la eurozona. El déficit democrático del que tanto habla González ya era evidente entonces, por ejemplo la incapacidad de que funcione un legislativo que de verdad sirva para controlar al poder ejecutivo como ocurre en toda democracia.
Eso no debe sorprendernos. El ex presidente pertenece a una generación de líderes que cree que hay que defender la autonomía de los políticos que están en el Gobierno. Otros actores políticos e instituciones le preocupan mucho menos.
En la entrevista se refiere al flujo descontrolado de crédito que llegó al sur de Europa con la instauración del euro. Su análisis es correcto en muchos aspectos. Olvida convenientemente que España ya disfrutó de otra lluvia de millones en condiciones, estas sí, extremadamente favorables. Los fondos estructurales de la UE sirvieron para mejorar (o crear) las infraestructuras españolas hasta niveles inimaginables. ¿Sirvió para cambiar el modelo productivo, para hacer que algunas autonomías no entendieran que el progreso no consiste simplemente en recibir fondos públicos de fuera, para preparar al país para caminar solo en el momento en que ese dinero dejara de llegar? Evidentemente, no.
«Estoy seguro de que la mayoría absoluta es hoy una máquina de destrucción de legitimidad», dice. Vamos a ver si lo entiendo. La mayoría del PP con 186 escaños es un factor negativo. Pero si Rajoy llega a un pacto con el PSOE y en las cuestiones fundamentales esa mayoría llega a los 296 escaños y su discurso único se convierte casi en el único mensaje que se oye en los medios de comunicación, entonces su legitimidad estaría a salvo.
Yo creo que lo que mina la credibilidad del sistema democrático, entre otras cosas, es que la gente termine creyendo que su voto no sirve para nada. Que piense, equivocadamente, que todos los políticos son iguales. Que vote a un partido para que ponga en práctica su programa y que luego haga lo contrario de lo que dijo que iba a hacer. Que vote al PSOE para que haga de oposición a un previsible Gobierno del PP y que luego encuentre a su líder implorando un pacto porque sabe que no le sobra credibilidad a menos de un año de las elecciones.
Es posible que un pacto entre los dos grandes partidos pueda servir para que el Gobierno central y las comunidades autónomas vayan por el mismo camino, pero ya hemos visto que no son las diferencias ideológicas sino las territoriales las que lo están impidiendo. Sólo hay que ver lo que han hecho en los últimos días los gobiernos de Valencia y Murcia, ambos del PP, adelantándose a futuro rescate autonómico con anuncios prematuros, mal coordinados y, en el caso de Murcia con desmentido posterior, ridículamente incompetentes.
Ese sistema autonómico que, según González, está siendo injustamente atacado hace aguas por el irresponsable sistema de financiación, que hizo que cuando en 2010 el Gobierno central comenzara a cambiar de rumbo las autonomías continuaran a toda marcha, porque no tenían entonces ningún incentivo para reorientar sus prioridades. Además, si ese ‘pacto nacional’ no es posible dentro del PP, ¿cómo va a funcionar con la inclusión del PSOE? ¿Funcionará mejor con más intereses contrapuestos?
«Actúa como si fueras Gobierno, sabiendo que no lo eres», le dice González a Rubalcaba. Con estos consejos, no me extraña que Rubalcaba no tenga claro por dónde ir.
González no puede negar que no conoce otro libreto político que el que se puso en práctica en la transición, ahora cuestionado como no lo fue entonces. Enterremos nuestras diferencias y vendamos una ficción con la esperanza de que los ciudadanos no se den cuenta.
Funcionó entonces por el miedo a que ese mecanismo vulnerable que era la transición, con sus instituciones en pañales, no llegara a funcionar. 35 años después, la gente exige más a las instituciones y no se cree que haya que suspender el funcionamiento normal de los usos democráticos (aunque eso le sorprenda a González, es bueno que haya una oposición en el Parlamento) sólo porque un partido consiguió la mayoría absoluta y no sabe qué hacer con ella.
De lo contrario, la oposición se trasladará –ya lo está haciendo– a otros foros no institucionales, y el descrédito por los errores cometidos alcanzará por igual a las dos grandes fuerzas políticas. Aún renqueante porque no ha pasado un año de su vergonzante derrota electoral y con su líder íntimamente ligado al fracaso de Zapatero, el PSOE puede verse atrapado en el peor de los mundos posibles si se convierte en la ‘muleta razonable’ del PP.
La misma situación en que se encuentra ahora el Pasok griego.
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Foto del Flickr de Con Rubalcaba.