Policías golpean con saña a estudiantes de instituto en Valencia. El jefe de Policía de Valencia dice a los periodistas que no va a contar nada de su despliegue porque eso sería dar información «al enemigo». Un alto cargo de la CEOE dice con gesto fiero y despectivo que los trabajadores que rechacen los puestos de trabajo, que no hay, pierdan el subsidio de desempleo, aunque tengan que irse «a Laponia».
Dudo de que a Rajoy le convengan estos ejemplos de violencia desproporcionada y chulería empresarial. No le vale con recibir durante cuatro horas a Rubalcaba en La Moncloa. Tampoco que los líderes sindicales tengan ese aspecto de estar constantemente asustados. No pretendemos sacar aún más gente a la calle, ha dicho el líder de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, sino buscar soluciones coordinadas, se supone que con el Gobierno.
La oposición institucional (partidos y sindicatos) está neutralizada para mucho tiempo, al menos hasta que no esté tan presente la abrumadora victoria electoral del PP. La calle es diferente y sólo necesita una chispa para encenderse. Los comentarios sobre un posible «estallido social» a causa de la crisis suelen ser exagerados. Pero el pesimismo, la falta de esperanza y la resignación pueden convertirse en furia en un movimiento que estará fuera del control del Gobierno.
Ya antes de las elecciones dirigentes del PP comentaban en privado que temían sobre todo una oposición en la calle a sus planes de austeridad, una oposición sin líderes o programa, sólo dispuesta a negarse a aceptar una situación insoportable.
Narcotizar a la gente siempre es una alternativa deseable para un Gobierno dispuesto a tomar medidas impopulares, algunas de ellas incluso entre su propio electorado, como la subida de impuestos. Conseguir que salte con rabia abre un camino que nunca se sabe cómo puede terminar.
El jefe de la policía de Valencia y ese personaje siniestro de la CEOE con el dedo en alto le han hecho hoy un flaco favor a Rajoy. Muchos lunes como este y lo lamentará.




