«España ha tomado todas las medidas que estaban en su mano para volver al crecimiento y estabilizar la economía española, con la convicción de que es lo que teníamos que hacer para España y para la UE».
La foto en la portada del Financial Times (ver imagen completa), también utilizada por El Periódico, es un símbolo de las prioridades de los gobiernos. No es extraño que las elecciones estén castigando a todos los partidos en el poder.
De Guindos tira la toalla en un gesto desesperado: hemos hecho lo que nos pedían y estamos más muertos que vivos («necesitamos la cooperación de toda la zona euro y una respuesta conjunta»). Recortamos sanidad y educación y ponemos a las tropas de asalto a defender los bancos. ¿Qué más quieren que hagamos? ¿Ordenarles que abran fuego?
De repente, nadie quiere apostar por Grecia. Pocos creen que sobreviva dentro de la eurozona. La portada de Der Spiegel esta semana es uno más de los muchos avisos de los últimos días.
Las declaraciones que vienen de Alemania, al calor de los problemas irresolubles para formar Gobierno en Grecia, son cada vez más coincidentes. Si Grecia no atiende a razones, tendrá que pensar en abandonar la eurozona. Si no quieren aceptar las condiciones del rescate –y el 68% de los griegos votaron en las elecciones por partidos que se niegan a aceptarlas–, sólo les queda coger la puerta de salida.
Hoy mismo, Angela Merkel ha dicho que Grecia «siempre» será miembro de la eurozona. ¿Pretende apaciguar la tormenta o no quiere que sus huellas dactilares aparezcan en el arma del crimen? Lo cierto es que lo que más preocupa a la UE no es la reaparición de la dracma, sino una salida griega tumultuosa y no pactada que convierta en inevitable el contagio a otros países.
El Bild del viernes grita despavorido. ¡Alarma! El sagrado Bundesbank baja la guardia en su misión de control de la inflación. Los pérfidos mediterráneos han conseguido superar la última línea de defensa monetaria que nos conducirá de vuelta al odioso pasado, es decir a la… (pausa dramática) ¡¡hiperinflación!!
Estamos acostumbrados a los excesos de los tabloides británicos. Sabemos que algunos periódicos españoles ‘serios’ emplean tácticas sensacionalistas. Hay periódicos griegos que sacan a Merkel vestida de nazi y con el bigote de rigor. Por el contrario, no suponemos que los serios, austeros y rectos alemanes se dejen llevar por las bajas pasiones de la demagogia. Y es una tontería, porque el debate económico en Alemania se ve afectado por los mismos excesos nacionalistas y patrioteros de otros países europeos.
La noticia no era irrelevante y ha aparecido en multitud de medios. Un alto cargo del Bundesbank comentó de forma anónima que están dispuestos a tolerar un nivel de inflación algo mayor que el producido en los últimos años. Es una consecuencia lógica de disfrutar de un nivel de crecimiento superior al de otros países de la UE. Bueno, hay algunos que ya quisieran tener un crecimiento del 0,1%.
No se puede negar la evidencia. La hiperinflación no destruye sólo una economía, sino también una sociedad. Elimina cualquier rasgo de confianza entre empresarios y trabajadores, gobiernos y ciudadanos, comercios y clientes. Pero alentar ese miedo en la situación total, con un 2,1% de inflación en Alemania y su banco central calculando que no pasa nada si llegan al 3%, es un ejemplo de demagogia difícilmente superable. Entre otras cosas, pasa por ignorar los beneficios materiales que la sociedad alemana disfruta gracias a la eurozona y la responsabilidad en los excesos que condujeron a la actual situación. Siempre es más fácil echarle toda la culpa a los mediterráneos de pelo oscuro y ética económica nada intachable.
Al menos la prensa conservadora no sensacionalista no ha entrado en estado de pánico:
«Hardly had the Bundesbank official said that he expected Germany to have a higher inflation rate than the euro-zone average than the Germans’ fear of inflation prompted a shocked reaction. It’s as if the country’s hyperinflation happened yesterday and not 90 years ago. But what the Bundesbank official dared to say when he mentioned the I-word to the Bundestag’s finance committee is by no means a sign that the guardians of German monetary stability have suddenly decided to start printing money, but a simple description of the economic reality in Europe: In booming Germany, prices will probably rise more this year than anywhere else in the euro zone.»
Al analizar cómo Alemania pudo acabar en esa situación en 1923, muchas veces se hace excesivo hincapié en los factores económicos, y se obvian los políticos. Estos últimos sólo se tienen en cuenta al apreciar las consecuencias, y se pasa directamente de la hiperinflación en la República de Weimar al ascenso del nazismo.
Superadas las rebeliones comunistas y socialistas, el Gobierno alemán entró en la nueva década en una situación de precaria y engañosa estabilidad. No iba a necesitar una gran crisis para comenzar a desmoronarse.
El asesinato en junio de 1922 del ministro de Exteriores, Walter Rathenau, a manos de ultraderechistas, puso fin a esa ilusión. Su ‘pecado’ fue ser judío y haber firmado la paz con la URSS en Rapallo. En enero de 1923 tropas francesas y belgas ocuparon la región del Ruhr, en represalia por el retraso en el pago de las reparaciones de guerra, que estaban asfixiando al nuevo Estado. Un clásico ejemplo de la ceguera francesa por la que pagaron un alto precio en 1939. Meses de huelga en protesta por la ocupación contribuyeron a desangrar aún más a la economía alemana al afectar a la zona más industrial del país.
El proceso inflacionario podría haber sido atemperado por el Gobierno alemán, pero ni lo hizo ni pudo hacerlo. La crisis hacía que la idea de un marco más devaluado fuera atractiva para las exportaciones. Pero al final lo que importa es que se trataba de un Gobierno frágil de coalición, muy vulnerable, incapaz de imponer su autoridad, desprestigiado entre las clases conservadores y la élite del Ejército por su incapacidad para defender el honor nacional tras la ocupación del Ruhr, y que no contaba con ningún apoyo en la izquierda. Al estar aislado y algunos de sus miembros temer por su vida, decidió sobrevivir con el gesto suicida de poner al rojo vivo la máquina de imprimir dinero.
Y lo que hundió a la República de Weimar y abrió el camino a la alianza de hecho de los nazis y los militares nacionalistas no fue la hiperinflación de 1922-1923, sino el desempleo masivo provocado por la crisis de 1929.
De todo este panorama, ¿en qué se parece la Alemania actual a la de 1923?
23.15
Había olvidado incluir este resumen en imágenes de la época. Repito. ¿Igual que ahora?
–Si te desnudas, los medios te hacen más caso.
—Leyes ridículas, pero muy divertidas.
–Encuentran un caza de la Segunda Guerra Mundial en el Sahara.
—Sean Penn, con la cara algo cambiada, es Mickey Cohen.
–Johnny Depp y otros vampiros no muy amenazantes.
–Deporte y acrobacias en cámara lenta.
–Las acrobacias aéreas de Kirby Chambliss.
—La ‘morgue’, el viejo archivo fotográfico de The New York Times.
–El nuevo billete de 20 dólares canadienses lleva sorpresa.
–Sexo con muñecos de nieve. Bueno, esa no era la idea.
—Abraham Lincoln inventó Facebook. No exactamente.
–Un resumen de la temporada regular de la NBA.
–La historia secreta de los senos.
–El cambio climático y las ventosidades de los dinosaurios.
–El típico monstruo de las profundidades.
–Titular cómico de la semana: «This Is Not a Joke: Government Issues Study of a Study About Studies».
Se puede decir que en las instituciones militares norteamericanas operan desde hace años células de militares convencidos de que sus alumnos tienen que enfocar las prioridades. Más que Al Qaeda (organización que como todas tuvo su principio y tendrá su final), el enemigo es el Islam. Eso garantiza décadas de guerra frente a mil millones de personas. Una delicia para la mentalidad militarista.
Y ante eso ¿qué mejor idea que aplicar en esta hipótesis de guerra a La Meca y Medina la opción de Hiroshima?
Ha muerto con 79 años el fotógrafo alemán Horst Faas, uno de los gigantes del periodismo que cubrió la guerra de Vietnam. En una carrera que se prolongó durante décadas en la agencia Associated Press, cubrió innumerables guerras y conflictos y recibió dos veces el premio Pulitzer. El de 1965 lo ganó por esta foto.
Fotos como esta descubren a un fotógrafo que siempre reservó una parte de su mirada al sufrimiento de los civiles en una guerra. En la imagen de arriba, una mujer llora ante lo único que queda de los restos de su marido, descubiertos en una fosa común cerca de Hue en 1969.
Por un momento, parecía que la bomba griega estallaría en cuestión de días. El flujo de dinero desde Bruselas a Atenas incluía un tramo de más de 5.000 millones de euros que algunos pensaban que podía quedar congelado a la espera de que se resuelva la enmarañada situación política creada por el resultado de las elecciones griegas.
Por mal que estén las cosas, siempre pueden ir peor, dicen ahora los optimistas en España. Por no hablar de los que trabajan en el honrado negocio del periodismo mientras dudan sobre las dimensiones exactas de la cuerda con la que colgarse. En este escenario, no queda más alternativa que recargar, pillar unas cantimploras con agua y subirse a la montura.
Por eso, comienza en versión previa (el ‘teaser’ que dirían en cine) eldiario.es. Lo hace con un blog colectivo llamado Zona Crítica, dedicado a lo-que-nos-podemos-imaginar. El estreno auténtico de la web será en septiembre.
Ahí estaremos de momento Ignacio Escolar, Juan Luis Sánchez y yo. Luego vendrán más. Importa más que un grupo nutrido de gente de gran nivel se va a subir también a los caballos: Reig, Fontdevila, Pérez Colomé, Senserrich, Urquizu, Saco, Rosa, Sanclemente, Galindo, Fernández Savater, Cortizo y unos cuantos más. Los hay que disparan rápido desde la cadera, los que prefieren apuntar para acertar de lejos, los que saben cómo manejar la dinamita, gente pacífica, sin duda.
No puede salir mal, como piensa siempre el tipo que tiene que decidir entre cortar el cable negro o el cable rojo.
Just before Bankia and Banca Cívica, it’s smaller, now defunct rival, listed on the Madrid stock market last summer, Elena Salgado, Spain’s then finance minister, was bold enough to declare that the country’s banking reforms would «provide lessons for Europe and the rest of the world».
El comienzo de esta noticia del Financial Times ya da ganas de llorar. No menos saber que Miguel Blesa, presidente de Caja Madrid durante lo mejor de la burbuja, alcanzó su puesto gracias a su íntima amistad con José María Aznar. Y que Caja Madrid devolvió esos y otros favores con la concesión de centenares de miles de euros en subvenciones a la FAES para que siguiera predicando contra la intrínseca maldad de la intervención del Estado en la economía (no es tan censurable si los amigos del poder se llevan una parte del botín). Y que Blesa recibió una indemnización de 2,8 millones de euros tras ceder su puesto a Rodrigo Rato tras una dura batalla en la que se embarcó medio PP madrileño, imbuido sin duda de ese espíritu liberal. Y que no fue el único, porque su director de comunicación, Juan Astorqui, se quedó con 1,4 millones. Y que el responsable de sistemas, Ricardo Morado, se fue hasta los 1,8 millones. Y que la alta dirección de Caja Madrid cobró 11,7 millones de euros en 2010, que fueron 12,4 millones en 2009. Y que el Consejo de Administración de Caja Madrid y luego Bankia se llenó de políticos de varios partidos, entre los que estaban gente acabada en la política como Mercedes de la Merced y Ricardo Romero de Tejada a los que había que hacer un sitio por los servicios prestados o, en el caso de Romero de Tejada, para que se estuvieran callados. Y que una colmena de gente del PP vivía de los sueldos de Bankia. Y que Bancaja, el otro agujero negro de Bankia, fue un sumidero de especulación al calor de la burbuja y de créditos que nunca se recuperarán, todo ello controlado por un buen número de dirigentes del PP valenciano.
Porque en este caso no rigen las reglas más elementales del capitalismo de toda la vida. Las empresas privadas que fracasan por la incompetencia de sus bien pagados gestores deben ser rescatadas con fondos públicos. No nos podemos permitir que la sanidad pague las medicinas de los jubilados (ya saben, hemos vivido y algunos hasta muerto por encima de nuestras posibilidades), pero sí nos podemos permitir el desembolso de miles de millones para limpiar ese cenagal.