La participación
Los análisis de las elecciones afganas tienen un número al que agarrarse. La comisión electoral estima que han votado siete millones de personas, un número muy superior a los 4,6 millones de los comicios de 2009. «Los enemigos de Afganistán han sido derrotados», ha dicho el presidente de la comisión, Mohamad Yusuf Nuristani. Parecidos comentarios triunfalistas se hicieron en citas anteriores. Hay que recordar que las elecciones sirven para elegir gobiernos o presidentes. En un país que vive en estado de guerra desde hace décadas, las urnas son una fuente de legitimidad discutible si el vencedor no consigue mejorar la vida cotidiana de la gente, permite una corrupción desaforada o su familia se financia con el narcotráfico.
La mayor parte de la información que nos llega, incluidas las fotos con largas filas de votantes, procede de Kabul o de las provincias del norte. La situación en el resto del país es muy diferente.
La violencia
Cualquier idea de normalidad democrática queda algo cuestionada al saber que cerca de mil de los 7.500 colegios electorales no llegaron a abrir sus puertas por problemas de seguridad. Según el Ministerio de Interior, se produjeron 140 ataques en todo el país el sábado (en 2009 hubo 500), pero no hubo ningún incidente tan grave como los ocurridos en las últimas semanas. Con el despliegue de todos los efectivos del Ejército y la Policía afganos (en total unos 350.000 uniformados), la insurgencia talibán no tenía muchos motivos para salir de sus refugios.
El fraude
La escasa cifra de votantes de las elecciones de 2009 se debe a que un millón de votos fueron anulados por la comisión electoral. La mayoría procedía de las provincias del sur y es de suponer que eran votos a favor de Karzai. El nivel de fraude fue espectacular. En otro país, eso hubiera dejado a los comicios sin ninguna validez democrática. En esa ocasión, los países occidentales prefirieron mirar a otro lado.
Ahora, resulta aún imposible saber si se ha repetido tal nivel de corrupción. Se sabe que en la provincia de Jost, cuatro personas fueron detenidas con 1.067 tarjetas de votantes registrados. No eran falsificaciones, sino tarjetas reales.
Los pastunes son la principal minoría del país, con cerca del 40% de la población, pero viven mayoritariamente en el sur donde la votación es imposible en muchas zonas a causa de los talibanes. Los representantes de los candidatos pastunes en el sur tienen todos los incentivos para apostar por el fraude.
El censo de votantes registrados incluye a 13 millones de personas. La comisión electoral ordenó imprimir 18 millones de papeletas (algunos medios elevan el número a 20 millones), una cifra exagerada que no ha impedido que vuelvan a repetirse numerosos casos de colegios electorales en los que no hubo suficientes para todos los votantes.
La tinta indeleble es la mejor forma de evitar que se vote dos veces. En muchas zonas rurales, los funcionarios electorales tienen el buen criterio de no obligar a los votantes a manchar el dedo. Les delataría al día siguiente ante los talibanes o sus vecinos.
Un Estado inválido
En cualquier circunstancia, celebrar elecciones en Afganistán es un gran desafío logístico. Sólo son posibles con financiación exterior. Estas han costado unos 100 millones de dólares, costeados por la ONU y gobiernos occidentales. El Estado afgano no puede pagarlas. Un detalle: se han utilizado 3.200 burros para llevar las papeletas a zonas rurales inaccesibles por carretera.
Los favoritos
No hay que tener prisa para conocer el nombre del ganador. Los resultados oficiales no se conocerán hasta finales de abril y lo más probable es que sea necesaria una segunda vuelta en mayo. Tres candidatos destacan sobre el resto: Abdulá Abdulá, Ashraf Ghani y Zalmai Rasul.
Abdulá, de 53 años, ya se presentó en 2009, donde fue el segundo más votado por detrás de Karzai con el 31% de los votos. Se retiró en la segunda vuelta en protesta por el fraude en favor del presidente. Es el candidato más conocido, pero es tayiko y no se espera que reciba muchos votos en las provincias habitadas por pastunes. Eso deja el campo abierto a otros dos políticos pastunes.
Ghani, de 64 años, es lo más parecido a un tecnócrata que se puede encontrar en Afganistán. Hasta dio una charla en el TED. Fue ministro de Hacienda con Karzai, con el que no tuvo muy buenas relaciones porque su carácter es algo arisco y porque el presidente siempre ha querido hacer las cosas al modo tradicional, recibiendo dinero de norteamericanos e iraníes por debajo de la mesa y pagando fuera del presupuesto a caudillos regionales para obtener su apoyo. Alguien como Ghani que ha tenido puestos directivos en el Banco Mundial aspira a ciertas normas de contabilidad desconocidas en su país.
En 2009, Ghani ya fue candidato y fracasó por completo con un 3% de los votos. Ahora ha preferido hacer las cosas al estilo afgano. Lleva como compañero de lista y candidato a vicepresidente al ex general Dostum, un caudillo uzbeko sospechoso de crímenes de guerra. Dostum es uno de los viejos señores de la guerra que han hundido al país desde los años 90, pero garantiza un buen caudal de votos en el norte. La democracia en Afganistán consiste en esto: los uzbekos votan a uzbekos, los pastunes a pastunes, los tayikos a tayikos, y los hazaras (chiíes) reparten sus votos entre varios, porque la mayoría de los candidatos cuentan con políticos hazaras como aspirantes al cargo de segundo vicepresidente.
Rasul, de 70 años, es el candidato de Karzai. El presidente no ha expresado en público sus preferencias, pero ya se ocupó de pedir a su hermano, Qayum Karzai, que se retirara de las elecciones para no perjudicar a Rasul. Hasta el inicio de la campaña, Rasul era ministro de Exteriores, pero lo más importante es que ha estado al lado de Karzai desde la llegada de este al poder.
Karzai se ocupará de marcarle el camino si Rasul es elegido. Su residencia privada, 1.200 metros cuadrados de superficie, no demasiado para lo que es habitual entre los caudillos tribales, está situada a no mucha distancia del palacio presidencial.
Lo que quiere EEUU
Para Washington, las elecciones se reducen a un enigma: ¿aceptará el vencedor firmar un acuerdo que permita la presencia de tropas norteamericanas tras la retirada? Karzai se ha resistido, aunque da la impresión de que no es porque se oponga, sino porque prefiere que sea otro el que ponga la firma. Los tres favoritos han dicho que están en principio a favor del acuerdo. No hay en Afganistán un Maliki como en Irak que se negó a suscribir el pacto. Maliki necesitaba destacar sus credenciales nacionalistas tras varios años de ocupación y tenía los fondos del petróleo para sostener al Estado. En Afganistán las cosas no han cambiado: el 90% del presupuesto depende de fondos que vienen del exterior.
13.00
Juan Cole destaca varias consecuencias positivas de la jornada electoral del sábado: el despliegue eficaz de las fuerzas de seguridad afganas, la participación de la mujer en las zonas urbanas y la mayor presencia de jóvenes entre los votantes con respecto a anteriores comicios.
Como ejemplo de la escasa o nula participación en las provincias con más actividad talibán, Kevin Sieff, del WP, estuvo en Wardak, a sólo 100 kilómetros de Kabul. «Si los talibanes ven nuestros dedos manchados (de tinta que no se borra hasta unos días después), nos matarán».