Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

La intro de Guillermo del Toro para ‘Los Simpson’ con muchos homenajes al cine de terror. Incluidos, ejem, varios homenajes (merecidos) a sí mismo.

Cuatro buenos consejos para J.J. Abrams sobre su futura ‘La guerra de las galaxias’.
–No todo es culpa de Samuel L. Jackson.
–Cuarón explica algunas cosas sobre ‘Gravity’.
–Todo lo que era absurdo en ‘Guerra Mundial Z’.
–Ahora resulta que Frankenstein es una especie de superhéroe.
–También han hecho una película con Wonder Woman. Casi mejor que se la hubieran ahorrado.
–Esto de los robots se nos está yendo de las manos.
Islandia, en 40.000 fotografías.
–No es una buena idea dejar de dormir.
–La fiesta de Stephen Hawking para viajeros en el tiempo.
–Una fiesta de Arcade Fire.
–La historia del hombre que envió ricina a la Casa Blanca con un titular de los que llaman la atención: «The Elvis Impersonator, the Karate Instructor, a Fridge Full of Severed Heads, and the Plot 2 Kill the President».

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La jauría republicana en la Cámara fecal

La portada del New York Daily News es buena, pero falsa. La política en Washington es realmente un deporte de contacto, al estilo de la serie ‘House of Cards’, pero John Boehner no es ni de lejos el personaje de Kevin Spacey.

El presidente de la Cámara de Representantes es un tipo que se emociona con facilidad, llora con más frecuencia que una princesa rusa en mitad de la Revolución de Octubre, y tiene serios problemas para controlar a las jaurías de congresistas que quieren reventar por los aires y llevarse consigo la economía norteamericana y algún fragmento de la economía mundial.

Algunas frases indican hasta qué punto quieren llegar en su empeño por prolongar el cierre parcial del Gobierno federal. «No nos van a faltar al respeto. Tenemos que sacar algo de esto. Y ni siquiera sé lo que es», ha dicho Marlin Stutzman, congresista de Indiana. «Esto ya no es sólo por Obamacare». Michael Grimm, de Nueva York, que podría haber añadido ‘esta vez es personal’ como en las películas de acción con poco cerebro y muchos tiros.

Esta encuesta de CBS revela que la posición republicana en esta crisis recibe más críticas que la de los demócratas. Eso no preocupará demasiado a muchos congresistas republicanos individualmente. Su electorado natural en cada Estado puede ser favorable a mantener el pulso con Obama hasta el final. Los suyos son escaños definidos por el ‘gerrymandering’ para ofrecer garantías de que el titular goza de una posición inexpugnable. La única preocupación consiste en evitar un desafío desde el ala derecha durante las primarias del partido. Ser dialogante o buscar acuerdos con el otro partido es contraproducente. Ponerse un cinturón de explosivos y dar gritos en favor de la yihad son las cosas que fortalecen su dominio de la política local.

Es posible que los congresistas más radicales sean una minoría. Robert Costa, un periodista con buenas fuentes entre los republicanos, dice que son unos 30 o 40, aunque hay otros 50 o 60 muy cercanos a ellos y por tanto influenciables. Lo que ha ocurrido es «un colapso del poder institucional» de los republicanos:

«Cuando sacas a los congresistas de sus declaraciones habituales, llegas a una conclusión simple. No tienen que asumir las consecuencias por tomar decisiones radicales. Cuando les oyes hablar con sinceridad sobre su mayor victoria no se refieren a la de 2010 (que les dio el control de la Cámara de Representantes), sino a las legislativas de cada Estado en 2010, porque así pudieron retocar las circunscripciones para que tuvieran más votantes conservadores. Los congresistas reciben (en esta crisis) críticas de la prensa, pero no en sus distritos». 

La postura de Obama de negarse a cercenar la reforma sanitaria en cualquier negociación no es un inconveniente para esos republicanos. Es más, hasta les conviene porque así les será más fácil convencer a los periodistas de que se trata de un choque de trenes entre dos posiciones irreconciliables, y por tanto la culpa hay que repartirla al 50%.

«No se puede reclamar un rescate a cambio de mantener el Gobierno en funcionamiento», ha dicho Obama. «No se puede reclamar un rescate a cambio de mantener la economía en funcionamiento. No se puede reclamar un rescate a cambio de hacer tu trabajo».

Suena potente, pero el problema es que muchos de esos congresistas creen que su trabajo consiste precisamente en poner la pistola en la sien de la economía para convencer a Obama de que haga lo que ellos ordenan.

Boehner no tiene tanto coraje como para plantar cara desde ya mismo a los republicanos irreductibles. No cuando el cierre sólo lleva un par de días. Más adelante, es probable que si se acerca la fecha de la suspensión de pagos al no aprobarse el aumento del techo de deuda, Boehner dé el paso que le piden unos pocos congresistas moderados. Obama tendría que ofrecer algo, no en relación a Obamacare, sino a recortes del gasto público en otras áreas. Antes de llegar al borde del precipicio, Boehner detendrá el coche.

Este desde luego es el punto de vista optimista. Los hay que piensan que el acuerdo es más difícil que nunca porque a diferencia de otras ocasiones estamos ante un juego de suma cero. Todo lo que suponga una ganancia para un bando será una derrota para el otro. En ese caso, los 30 o 40 yihadistas republicanos estarán felices.

Definición de turd en el diccionario.

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«Los drones han destruido a mi familia»

El ataque de un ‘dron’ sobre la casa del maestro paquistaní Rafiq ur Rehman mató a su madre, de 67 años, e hirió a varios de sus hijos. Invitados por un congresista, tanto él como dos de sus hijos fueron invitados a EEUU para dar testimonio de su historia en la Cámara. Pero el Departamento de Estado no ha concedido visado a su abogado y no quieren viajar sin él. El abogado lleva tiempo ocupándose de los ataques con drones junto a la ONG británica Reprieve.

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UFSA: United Failed States of America

Una vez más, la Administración norteamericana tiene que cerrar algunas de sus puertas por el ‘shutdown’ provocado por la falta de acuerdo entre las dos cámaras del Congreso y que dejará sin sueldo y trabajo a no menos de 800.000 de funcionarios. También hay que decir que una vez más los republicanos intentan utilizar su control de la Cámara de Representantes para imponer a Obama un giro en su política, en este caso en relación a la aplicación de la reforma sanitaria. A los republicanos no les importa perder elecciones, como ocurrió en noviembre del año pasado. Siempre se comportan como si el veredicto de las urnas (en un sistema presidencialista) fuera un detalle menor que en el fondo no tiene tanta importancia.

En otros países, si ganas las elecciones con la mayoría suficiente, tienes derecho a aplicar el programa con el que te has presentado a las urnas. Esa es la idea aproximada de la democracia. En un régimen presidencialista, aún con más razón, aunque el legislativo conserva sus competencias en cualquier caso. Como ocurrió en Francia, elecciones diferentes pueden dar lugar a resultados opuestos, y ahí el sistema tiene que poner a prueba todos sus mecanismos. Chirac tuvo que aceptar una cohabitación con el socialista Jospin como primer ministro y en el camino aceptar que algunos aspectos de la política económica dependían más del Gobierno que de él. En otros aspectos, como la política exterior y la defensa, él seguía siendo el rey presidente.

Cada país tiene su funcionamiento peculiar. EEUU no es un régimen parlamentario, pero sus dos cámaras legislativas cuentan con importantes competencias de las que el presidente no se puede olvidar. Pero si el presidente lleva al Congreso un proyecto de ley y este es finalmente aprobado, se supone que este pasa a ser la ley que todos están obligados a cumplir. Un proyecto tan complejo como la reforma del sistema de sanidad no se puede aplicar de forma automática y lo que los republicanos llamaban de forma despectiva Obamacare contenía varias disposiciones que se irían haciendo realidad con el paso del tiempo y en función de ciertas asignaciones presupuestarias.

Ahora los republicanos no quieren permitir eso y, un poco como la célebre portada de National Lampoon, amenazan con pegar un disparo a la Administración si no se atienden sus deseos.

Como dice James Fallows, se trata más de una disputa interna en el Partido Republicano que un duelo entre los dos partidos. Por mucho que periódicamente aparezcan encuestas nacionales según las cuales el Tea Party pierde apoyos, la mayor parte de los republicanos en la Cámara de Representantes cree que debe actuar como una fuerza insurgente para dificultar el funcionamiento de esa maquinaria opresora que es el Gobierno federal cuando está en manos de un demócrata.

El presidente de la Cámara es un republicano que no cree ahora que haya que jugar al todo o nada, pero los líderes republicanos no tienen los votos para adoptar una postura más razonable, porque una norma interna les obliga a no presentar una resolución que no pueda aprobarse con los votos propios. Si para ello necesitan del apoyo demócrata, eso es anatema.

El impacto económico inmediato del cierre no será espectacular, excepto para los funcionarios que se queden temporalmente sin empleo y sueldo o para aquellos (controladores aéreos, personal de prisiones y de la Policía de Fronteras) que están obligados a presentarse en sus puestos pero sin cobrar, aunque cuando todo se resuelva percibirán lo que se les debe.

La cosa cambiará cuando en torno al 17 de octubre, y si la situación no se ha solucionado para entonces, cuando al Tesoro se le acabe el dinero al no haberse aumentado el techo de deuda. Sin más endeudamiento permitido por el Congreso, eso conduciría al país a la suspensión de pagos.

Algunos gobernadores republicanos son conscientes del daño que puede provocar el cierre parcial de la Administración en sus estados. Son además el mejor ‘material presidencial’ con que cuenta su partido de cara a las próximas elecciones de 2016. Y son también gente que recuerda que los republicanos no salieron muy bien parados del duelo entre Bill Clinton y Newt Gingrich en 1995, el cierre federal que duró 22 días. En pocas palabras: Clinton fue reelegido.

En este caso, Obama no se presenta a las próximas elecciones, pero eso hace que el drama le afecte aún menos. Él no se juega la reelección y esta vez no tiene por qué ceder de forma evidente. No parece que se haya implicado mucho en estas últimas negociaciones. Le sirve con adjudicar toda la responsabilidad al otro partido. Su índice de apoyo en los sondeos es negativo, e incluso así puede mirar por encima del hombro a los congresistas. Estos últimos –como colectivo, el apoyo a cada legislador es un asunto diferente– sufren desde hace muchos años de cifras vergonzosas en las encuestas.

Es una situación tan absurda que es mejor recurrir a un titular de The Onion: New Poll Finds Americans View Death Of Close Relative More Favorably Than Congress.

Foto del presidente de la Cámara de Representantes, el republicano John Boehner.

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Afganistán, de vuelta a 1992

En una entrevista para eldiario.es, Ahmed Rashid me recuerda que, antes que preocuparnos por el inicio de la retirada militar norteamericana de Afganistán en 2014, hay que prestar más atención a las próximas elecciones afganas y al riesgo de que un nuevo fraude electoral provoque una situación similar a la de 1992, una guerra civil entre pastunes y no pastunes (tayikos, uzbekos y hazaras).

Desde 2001, nada se ha hecho para construir en Afganistán un sistema político que dé estabilidad al país y que permita a cada comunidad llegar a la conclusión de que es factible y deseable contar con instituciones comunes en las que puedan defender pacíficamente sus intereses respectivos. No es importante que no se hayan implantado partidos políticos de corte occidental, porque eso es imposible, pero sí que no haya una conciencia política que trascienda las líneas divisorias étnicas y culturales. Pastunes contra no pastunes (encabezados por los tayikos) sigue siendo el campo de batalla principal.

La debilidad de Karzai como líder es uno de los factores que destaca Ahmed Rashid. Profundizar las negociaciones con los talibanes hubiera sido un elemento positivo bajo la idea de integrar a la mayoría de los insurgentes en el campo pastún dispuesto a colaborar en la construcción del Estado, pero ahí fueron los norteamericanos los que en la práctica plantearon un veto, según Rashid.

Siempre se dice que Washington nunca permitirá una victoria de los talibanes en Afganistán después de su retirada, pero la alternativa más probable no es esa sino una nueva partición de hecho del país en una guerra que repita lo ocurrido a partir de 1992. En realidad, todo lo ocurrido desde 2001 no es más que una continuación de lo que empezó entonces.

La retirada de los soviéticos en 1989 dejó un Gobierno más fuerte que el de Karzai, y con pleno apoyo militar de Moscú desde fuera, pero era cuestión de tiempo que acabara siendo doblegado por su falta de legitimidad.

–¿Qué diferencias hay entre lo que ocurrió tras la retirada de las tropas soviéticas y la situación actual? ¿Entre Najibullah y Karzai?

–Najibullah era un líder fuerte. Reconstruyó el Ejército afgano con la ayuda de un grupo competente de oficiales comunistas. Pero abandonó las políticas comunistas y adoptó políticas nacionalistas. Intentó presentar a los muyahidines como marionetas de Pakistán. Karzai está intentando lo mismo: presentar a los talibanes como marionetas de Pakistán, pero su forma de ejercer el liderazgo ha sido muy débil. Él no es como Najibullah y recuerde que Najibullah aguantó tres años.

En Der Spiegel, hay un largo reportaje escrito en Herat sobre la recuperación de la legitimidad de los caudillos regionales (dicho de forma menos elegante, los antiguos señores de la guerra) a partir de la figura de Ismail Khan. Su control de la zona occidental del país no se ha visto afectado por el hecho de que Karzai y EEUU intentaron sacarlo de allí y llevarlo a Kabul para convertirlo en ministro de Agua y Energía. Dice mucho de la reconstrucción que dos asuntos tan básicos para la infraestructura civil del Estado recayeran durante ocho años en alguien a quien no le interesaban lo más mínimo, porque su prioridad continuaba siendo la misma: ser el protector de los intereses de los tayikos de Herat.

Por todo ello, no es extraño que desde el anuncio de la retirada norteamericana el precio de los kalashnikov haya subido y el del suelo se haya hundido en Herat.

Península publica en España el último libro de Ahmed Rashid: ‘Pakistán ante el abismo. El futuro de EEUU, Pakistán y Afganistán’.

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Entrevistas a dictadores: ¿dónde está el problema?

No sé si es un intento de llenar páginas como sea o es que los periodistas han pasado a aceptar cualquier crítica o intento de coartar sus derechos. El planteamiento de este artículo es absurdo. Cuestiona el derecho de los medios de comunicación a entrevistar a «asesinos». En este apartado se incluye a dictadores: «¿Debemos los periodistas dar voz a los dictadores y asesinos? ¿Deben servir los medios de comunicación de plataforma para que los sátrapas difundan su propaganda?».

Olvidaba incluir una tercera explicación. La falta de autoestima de los periodistas ha llegado al extremo de que cualquier crítica del Gobierno o de los partidos se considera por definición no ya legítima, sino por defecto apropiada. Al Gobierno francés no le gustó la entrevista de Le Figaro a Asad. Como todos los gobiernos, piensa que sólo su propaganda debe aparecer en los medios de comunicación. Parece que eso es motivo suficiente como para que haya surgido un «debate».

Siempre hay políticos que se oponen a que los periodistas busquen respuestas por sí solos en vez de tragar sumisos la doctrina de rigor. No hay debate en eso. Es sólo el ataque de costumbre. Para ellos, la entrevista es un altavoz propagandístico. Cuando ellos son entrevistados, se escandalizan si las preguntas no se hacen estrictamente para su lucimiento. Cuando los entrevistados son sus rivales, dan por hecho que el periodista hará de grabadora humana porque para eso, y no para otra cosa, están las entrevistas.

Asad es un dictador y responsable de crímenes de guerra. Pero para cubrir la guerra civil siria, es imprescindible conocer sus opiniones y la de sus partidarios, aunque sólo sea porque son relevantes en el conflicto. ¿Qué es mejor si se tiene la oportunidad de elegir? ¿Escucharlas de él directamente y estar en condiciones de preguntar o tener que conformarse con las opiniones de un portavoz que repite como un loro el discurso oficial?

En fin, ante la típica pregunta que eleva todas las apuestas hasta el final (¿entrevistarías a Hitler?), la respuesta de todo periodista debería ser: desde luego. Las respuestas dependerían de él, obviamente. Las preguntas son del periodista.

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Rohani y el Holocausto

Rohani ha dejado huella en Nueva York. El presidente iraní ha continuado con la tendencia que se intuyó en la campaña electoral y en sus primeros pasos una vez que asumió el cargo. El suyo es un mensaje completamente diferente al de Ahmadineyad. Además, como miembro de la élite política desde hace décadas, sus ideas se expresan de forma que no choquen con las del líder espiritual, el ayatolá Jamenei.

Tanta cautela no ha impedido que Rohani haya condenado el Holocausto en una entrevista en CNN. Es cierto que sin pronunciar la palabra Holocausto, pero siendo muy claro en el terreno de los principios. Hay cierta polémica sobre la traducción al inglés de sus palabras. Esta parece ser una versión correcta:

«He dicho antes que no soy un historiador y en relación a las dimensiones de acontecimientos históricos tienen que ser los historiadores los que los expliquen y discutan.

Pero en general puedo decir que cualquier crimen contra la humanidad cometido en la historia, como los crímenes cometidos por los nazis, sea contra judíos o no judíos, debe ser totalmente condenado desde nuestro punto de vista. Al igual que cuando hoy se cometen crímenes contra cualquier nación, religión, grupo étnico o creencia, condenamos ese crimen o genocidio.

Por consiguiente, lo que hicieron los nazis fue condenable. Las dimensiones de eso, a las que usted se refirió, son responsabilidad de historiadores e investigadores para que queden claras. Yo no soy un historiador.

Sin embargo, esto debe quedar claro. Si se comete un crimen, ese crimen no debe utilizarse para permitir que una nación o grupo justifiquen esos crímenes o la opresión de otros. Por ello, si los nazis cometieron un crimen, y con independencia de lo que fue, lo condenamos porque el genocidio o el asesinato masivo debe ser condenado.

En nuestra opinión, no importa si la persona muerta es judía, cristiana o musulmana. En nuestra opinión, no hay diferencias. Matar a un inocente es algo rechazable y condenable. Pero esto no puede justificar la expulsión de un pueblo de su tierra durante 60 años y que se diga que los nazis cometieron crímenes. Ese crimen también debe ser condenado, y ocupar la tierra de otros también debe ser condenado».

Hay una cierta reiteración, producto de intentar hacer dos cosas al mismo tiempo: rechazar el genocidio y hacerlo de forma que no parezca que repite el discurso de los dirigentes israelíes o occidentales. Probablemente, lo mismo se puede decir de su negativa a dar una cifra de víctimas del Holocausto con el subterfugio de dejar el asunto en manos de historiadores.

Rohani da un paso significativo pero con la mirada puesta en Teherán, donde es el presidente pero no el político con más poder del país.

En cualquier caso, es un gesto opuesto a la actitud deplorable de Ahmadineyad de negar la realidad histórica, que incluso llevó a la organización en Teherán de un congreso con la intención de cuestionar el Holocausto. Fue una oportunidad propagandista excelente para el Gobierno israelí que Netanyahu no desaprovechó en todos los foros internacionales a los que asistió.

C0n respecto al programa nuclear, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU Rohani insistió en que la intención iraní es pacífica. «Las armas nucleares y otras armas de destrucción masiva no tienen lugar en la doctrina de defensa y seguridad de Irán, y contradicen nuestras convicciones básicas religiosas y éticas».

La declaración es rotunda y nada ambigua. No es nueva, porque Jamenei ya ha dicho en más de una ocasión que considera las armas nucleares «un pecado», definición a la que hay que dar importancia tratándose de un líder religioso. Es desde luego un compromiso mucho más firme que la política oficial de ambigüedad calculada del Gobierno israelí sobre su arsenal nuclear.

Décadas de rivalidad histórica entre EEUU e Irán no se van a solventar con declaraciones, por claras que parezcan. Ambos necesitan llegar a acuerdos concretos que les obliguen: deberían consistir en permitir el programa de enriquecimiento nuclear iraní con las salvedades y controles que garanticen su aplicación civil. De ello se supone que se empezará a hablar en la reunión del jueves de los jefes de las diplomacias de ambos países.

 

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Historias de la América delirante

La democracia americana, funcionando como un reloj. El honorable senador republicano de Texas Ted Cruz pasó 21 horas y 19 minutos hablando, hablando y hablando contra la reforma sanitaria de Obama. No tenía ninguna intención de impedir la tramitación parlamentaria del acuerdo que se estaba discutiendo. Los senadores decidieron por 100 votos a cero (sí, también el suyo) continuar el proyecto legislativo. No era una maniobra de ‘filibustering’ propiamente dicha. Sólo estaba engordando su currículum ante el movimiento del Tea Party.

Para rellenar la programación de su ‘reality’, Cruz demostró lo muy versado que estaba en el asunto que se debatía, su prolijo conocimiento de la historia.

«Lo vimos en Gran Bretaña, Neville Chamberlain, que dijo a los británicos ‘Acepten a los nazis. Sí, dominarán el continente europeos, pero ese no es nuestro problema. Vamos a apaciguarles. ¿Por qué? ¿Porque no podemos hacer nada. No podemos enfrentarnos a ellos'».

Y aparentemente se refería a los republicanos que no están dispuestos a llegar tan lejos para enfrentarse a la implantación de lo que llaman Obamacare. Pero hubo más referencias históricas incontrovertibles que Cruz sumó al debate.

«Al igual que en las películas de ‘La guerra de las galaxias’, el imperio contraatacará. Pero al final la alianza rebelde vencerá, el pueblo vencerá».

Todas estas chaladuras proceden de uno de los senadores que aspiran en tres años a conseguir la candidatura republicana a las presidenciales. Espera que su actuación le dé puntos en esa carrera. Los lunáticos ya tienen a su candidato. Oirán hablar más de Ted Cruz.

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Ráfagas – 23 septiembre

–Ante la pasividad del Gobierno, los narcotraficantes mexicanos entregan toneladas de ayuda a los damnificados del huracán Irene. Y encima lo cuentan con fotos.

«China compra el 5% de Ucrania» es un titular algo excesivo. La realidad no es menos sorprendente. China compra la producción agrícola de una zona de tres millones de hectáreas, unos 30.000 kilómetros cuadrados. Más o menos, del tamaño de Galicia.

–Decenas de miles de trabajadores de Bangladesh reclaman un aumento de sus salarios, ahora en 38 dólares al mes.

–Ante la posibilidad de una reunión de Obama y Rouhani, Israel lanza una campaña propagandística contra Irán.

Alcalde de Nazareth Illit: «Esto es una ciudad judía. Ahora y para siempre. Antes me cortaría el brazo derecho que construir una escuela árabe». Población: 50.000 personas. Porcentaje de árabes: 18%.

–La violencia se extiende en Irak.

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Merkeland

Nadie supo prever que Merkel podría alcanzar la mayoría absoluta o quedarse muy cerca de ella. Pero lo que sí estaba claro es que la victoria era suya y que la única duda estaba en conocer la identidad de su socio de gobierno. Si había alguna duda, tenía que haber quedado resuelta hace mes y medio cuando se conoció una encuesta de ARD de conclusiones muy reveladoras.

Según ese sondeo, conocido en los primeros días de agosto, el 76% de los alemanes estaba satisfecho de su situación económica personal (el mejor dato desde 1997). El 66% decía que la economía iba bien y el 52% aprobaba la actuación del Gobierno.

Es inexacto decir que Merkel ha conjurado la maldición electoral que persigue a los gobiernos de la eurozona en estos tiempos de crisis (tampoco afectó al Gobierno de Holanda). No puede haber maldición si los votantes creen que no hay crisis.

No hay partido en el poder que pueda perder unas elecciones con datos como los de esa encuesta. Significan que incluso personas que votarán a otros partidos están contentos con su situación personal. Si eso es así, tus votantes de anteriores elecciones no tendrán inconveniente en repetir.

En el caso alemán, los democristianos tenían además la oportunidad de arrancar un buen pedazo del electorado liberal, como así ha ocurrido. Los liberales obtuvieron el mejor resultado de su historia cuatro años atrás. No tardaron mucho tiempo en decepcionar a esos votantes porque no pudieron, al ser el socio minoritario del Gobierno, cumplir su promesa de bajar los impuestos. Después, tuvieron una actitud errática en relación a las crisis de la eurozona. Por momentos parecían el socio euroescéptico de Merkel para al final tener que votar a favor de enviar dinero a Grecia. No suelen tener mucho éxito los partidos que hablan a gritos y que a la hora de la verdad sólo susurran.

Ante tal panorama, los alemanes optaron por el mensaje conservador (no ya en el plano ideológico sino en el sentido literal de la palabra conservar) de la mujer que nunca se altera y que siempre se maneja con una cautela casi exasperante para los que no son alemanes. Ninguna persona que le haya votado podrá decir que volvió a casa un día, encendió la televisión y dijo: ¿que ha dicho qué? Merkel no sorprende a nadie, y eso tiene un efecto tranquilizador en los votantes.

Votantes y alemanes son categorías que hay que administrar con cuidado. Cerca de un 42% de votos para la CDU-CSU deja a más de la mitad del electorado fuera del supuestamente irresistible encanto de Angela Merkel. Pero las elecciones se celebran en los sistemas parlamentarios para elegir diputados con los que luego formar un Gobierno estable. La segunda parte es tan importante como la primera.

No sirve de nada por ejemplo sumar los diputados del SPD y de Die Linke, porque ambos partidos pertenecen a culturas políticas diferentes y sus respectivos dirigentes han dejado claro el poco aprecio que se tienen. Han gobernado juntos en algunos estados, pero no lo harán en el Gobierno federal. Para el SPD, existe un tabú, que quizá algún día desaparezca, sobre pactar con un partido en cuyo origen estuvieron los herederos de la RDA. Pero además no es imprescindible rastrear en la historia. Los programas ideológicos de ambos partidos son muy diferentes.

Merkel ha impuesto un modelo, que tiene sus raíces en la Agenda 2010 del socialdemócrata Schröder, con el que la mayoría de sus compatriotas convive con tranquilidad. La economía goza de un alto nivel de empleo que se obtiene gracias a la existencia de puestos de trabajo a tiempo parcial o de muy baja remuneración. Uno de cada cinco trabajadores tiene uno de los conocidos como ‘minijobs’. El número de autónomos aumentó en un 40% en la primera década del siglo. Uno de cada tres autónomos tiene muy bajos ingresos. Más de la mitad de ellos emplean sólo a una persona: ellos mismos. En muchos casos, no son gente que prospera. Sólo sobreviven.

Es en la práctica una dualidad laboral. Si en España esa dualidad favorece el desempleo, en Alemania produce trabajo precario y su consecuencia evidente: el aumento de la desigualdad.

Eso no preocupa a la mitad de los alemanes, probablemente muchos más, entre los que se encuentran los que están muy satisfechos con ser ciudadanos de Merkerland. No es todo el país pero es suficiente para ganar las elecciones.

A las dos de la tarde, la participación había subido cinco puntos con respecto a 2009. Era un espejismo provocado por el buen tiempo disfrutado por la mañana. Al final, ha votado el 71,6% del censo, sólo 0,8 puntos más que en 2009. Es por tanto la segunda participación más baja desde 1949.

Merkeland no necesita más.

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